Cristianismo sionista: una teología moderna al servicio del poder

Por María Pineiro, Sierva de Jesucristo

A la comunidad cristiana se le ha inducido un miedo irracional: si denuncias algo en contra del sionismo o de lo que está haciendo el Estado de Israel en Gaza, automáticamente eres señalado como antisemita y como alguien que odia a los judíos. Ese chantaje moral ha operado durante décadas, especialmente dentro de sectores que entendemos que la Biblia es Palabra de Dios, aunque con el pasar de los siglos esta ha sido utilizada para mover agendas políticas y justificar genocidios mediante interpretaciones terribles de ciertos textos y de la propia historia bíblica. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo, en su forma más pura, está completamente alejado de cualquier agenda política y étnica.

El sionismo ha estado profundamente latente dentro del cristianismo evangélico de los Estados Unidos, así como en partes de Europa y en América Latina. Esto no surge de la nada. Aunque en esta columna me reservo algunos elementos espirituales que explican el porqué de este fenómeno, me concentraré en desglosar con claridad la historia del cristianismo sionista y sus orígenes concretos.

El cristianismo sionista no nace en la Iglesia primitiva ni en la tradición apostólica. Surge en el siglo XIX dentro del protestantismo, particularmente en Inglaterra y Estados Unidos, a partir de una nueva interpretación “profética” de las Escrituras. John Nelson Darby, en los años 1800, fundador del dispensacionalismo, enseñó que las profecías bíblicas sobre Israel aún no se habían cumplido y que los judíos debían regresar a Palestina antes del retorno de Cristo. Darby separó a la Iglesia de Israel como dos pueblos distintos con dos planes diferentes de Dios, algo que la cristiandad histórica y los primeros padres de la Iglesia jamás enseñaron.

Estas ideas se masificaron cuando, en 1909, C. I. Scofield publicó la Biblia de estudio Scofield. Sus notas promovían la idea de que las promesas hechas a Israel se cumplirían de forma literal en el Estado de Israel moderno, incluyendo la restitución territorial y la futura construcción de un templo físico. Con el tiempo, estas enseñanzas influyeron profundamente en el protestantismo estadounidense, sobre todo entre los evangélicos.

La Biblia Scofield no surgió de manera independiente ni inocente. Fue impulsada y financiada por influyentes actores financieros y políticos vinculados al proyecto sionista en Estados Unidos, quienes vieron en esta teología una herramienta útil para construir respaldo religioso a una agenda geopolítica concreta. Estas figuras no actuaban en representación de un pueblo ni de una religión en su conjunto, sino como parte de élites económicas y de poder que utilizaron el discurso religioso como medio para avanzar intereses estratégicos. Es fundamental subrayar esta distinción: la crítica aquí expuesta no se dirige a una comunidad religiosa o étnica, sino a estructuras de poder, intereses de clase y alianzas políticas específicas, entendiendo que el capital instrumentaliza identidades religiosas cuando le resulta funcional, sin que ello implique una responsabilidad colectiva ni una lectura esencialista.

Gracias a estas conexiones financieras y políticas, Oxford University Press publicó la Biblia Scofield, un proyecto que difícilmente habría prosperado sin ese respaldo. Así se consolidó una interpretación bíblica pro-Israel que influyó profundamente en el cristianismo estadounidense del siglo XX.

El objetivo de quienes promovieron y financiaron la Biblia Scofield fue claro. Primero, crear una base teológica que convenciera a los cristianos de apoyar incondicionalmente el proyecto sionista, generando un respaldo evangélico masivo que interpretara el surgimiento del Estado de Israel como un cumplimiento profético y una obligación espiritual. Segundo, moldear la política exterior de Estados Unidos utilizando la fe cristiana para justificar intervenciones, alianzas y decisiones geopolíticas en Medio Oriente como si fueran mandatos divinos. Y tercero, consolidar el poder global de una élite financiera y política, convirtiendo el apoyo religioso en una herramienta estratégica para legitimar su agenda internacional.

Tras la creación del Estado de Israel en 1948, muchos interpretaron este hecho como una confirmación profética de las notas de Scofield, consolidando una alianza ideológico-religiosa entre sectores evangélicos y el sionismo político. Este movimiento reinterpretó pasajes bíblicos aplicándolos directamente al Israel político moderno, haciendo de la geopolítica israelí un componente central de su escatología.

Por lo tanto, el cristianismo sionista es una teología reciente, nacida del dispensacionalismo del siglo XIX, difundida por la Biblia Scofield y reforzada por eventos contemporáneos. No tiene raíces en la tradición apostólica, patrística ni reformada.

En ninguna parte de la Biblia aparece la frase: “Si no estás de acuerdo con Israel, Dios te maldecirá”. Esa idea es una interpretación moderna, ampliamente difundida en círculos sionistas políticos y dispensacionalistas, pero no constituye un mandamiento bíblico. Se apoya en Génesis 12:3, donde Dios le habla a Abraham —no al Estado moderno de Israel— diciendo: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré”. El contexto de esta promesa es espiritual, no geopolítico, y el apóstol Pablo aclara en el Nuevo Testamento que la verdadera descendencia de Abraham es Cristo, no un país.

Por lo tanto, la Biblia no exige un apoyo político incondicional al Israel contemporáneo. Génesis 12:3 se cumple en Cristo, y quienes están en Él son los herederos de esa promesa. Criticar las decisiones o políticas de un gobierno humano no equivale a maldecir a Dios.

Además, existen evidencias recientes de que el Estado de Israel, o agencias vinculadas a él, ha financiado campañas dirigidas específicamente a iglesias cristianas, sobre todo protestantes y evangélicas en Estados Unidos, con el fin de promover apoyo político a Israel. Un ejemplo es la firma Show Faith by Works, LLC, contratada por el gobierno israelí, que en 2025 planeó una campaña de geofencing para delimitar iglesias en California, Arizona, Nevada y Colorado, enviando anuncios pro-Israel directamente a los teléfonos de los feligreses durante los cultos. Esa campaña, con un presupuesto de varios millones de dólares, incluía también la contratación de pastores e influencers cristianos, la producción de materiales favorables a Israel y la organización de exhibiciones móviles, todo con el objetivo de moldear narrativas religiosas y políticas a favor de Israel.

Ahora bien, como cristiana, afirmo que Cristo vino por todos nosotros, para toda etnia y nación. Las iglesias primitivas predicaban y ayudaban a todos por igual. Los ricos vendían sus bienes y los compartían con los hermanos y hermanas para crear comunidad, apoyándose mutuamente a través de la Palabra de Dios y la misión de Cristo. Hechos 2:45-47 lo expresa con claridad:
“y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.
Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón,
alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo.”

Esa era la visión de la Iglesia primitiva y debe ser la visión de cada iglesia hoy, porque es lo que quiere Cristo. No una idolatría a una etnia ni a un gobierno.

No cabe duda de cuán alejadas están muchas creencias cristianas de lo que está ocurriendo hoy en Gaza. En ese sentido, los trabajadores y trabajadoras cristianos estamos llamados a reafirmar el compromiso con la paz en un mundo atravesado por guerras, ocupaciones y despojos, reconociendo que el poder estatal y económico suele descontextualizar la Biblia para convertirla en un instrumento de legitimación de la violencia y la injusticia. Frente a ello, la fe no puede ser cómplice del sufrimiento humano, sino una fuerza que impulse la organización, la solidaridad y la defensa de la vida, caminando hacia un orden social donde la dignidad de los pueblos y de quienes trabajan sea respetada y donde las diferencias puedan coexistir sin seguir bañando el planeta en sangre.

Quiero cerrar con estas palabras del apóstol Pablo en Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

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