Cuba ignorada mientras Trump y Xi negocian cómo sostener el capitalismo mundial

Por Bianca Morales

El Caribe continúa bajo el peso del acoso imperialista estadounidense y, particularmente, Cuba sigue siendo una de sus principales víctimas.

Décadas de bloqueo económico impuesto por Estados Unidos continúan golpeando la vida diaria del pueblo cubano y, en medio de la crisis energética actual, las consecuencias recaen nuevamente sobre las masas trabajadoras. Luego de las medidas estadounidenses contra Venezuela y las restricciones para impedir negociaciones de combustible entre Caracas y La Habana, la isla enfrenta mayores dificultades mientras los organismos internacionales observan sin actuar.

En ese escenario se produjo la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing. El encuentro fue presentado como una cumbre clave para discutir tensiones internacionales, estabilidad económica y asuntos globales. Sin embargo, temas fundamentales para América Latina y el Caribe, como el bloqueo y el cerco económico contra Cuba, quedaron completamente fuera de la discusión pública.

La omisión levanta cuestionamientos inevitables sobre el verdadero alcance del apoyo que China afirma brindar a Cuba. Si realmente existiera una prioridad política y estratégica alrededor de la soberanía cubana, ¿por qué el tema ni siquiera fue abordado oficialmente en una reunión de tan alto nivel? La ausencia del asunto deja ver que ese respaldo parece mantenerse dentro de límites económicos, diplomáticos o simbólicos, sin traducirse en una defensa política firme frente al asedio imperialista que enfrenta la isla.

Este tipo de reuniones no pueden analizarse únicamente como simples intercambios diplomáticos. Reflejan una realidad más profunda: el capitalismo continúa siendo ignorado como el centro de la crisis mundial. Lo preocupante para las masas trabajadoras no es solamente que ambas potencias defiendan sus propios intereses nacionales, sino que coinciden en la necesidad de preservar el orden económico capitalista.

Durante la cumbre, Xi Jinping insistió en varias ocasiones en la necesidad de una “paz económica”: ¿qué significa realmente esa paz económica para quienes viven del trabajo asalariado? Significa mantener funcionando un sistema incapaz de satisfacer las necesidades fundamentales de millones de personas. Significa preservar mercados, estabilidad financiera y producción capitalista sin cuestionar las estructuras que producen desigualdad, explotación y dependencia.

La ambigüedad política frente al desastre social generado por el capitalismo termina siendo cómplice de ese mismo desastre. Reducir el debate mundial a la búsqueda de “paz económica” sin enfrentar las causas estructurales de la crisis significa renunciar a cualquier transformación política profunda.

Más que un encuentro entre proyectos enfrentados, la reunión entre Trump y Xi reflejó un acuerdo entre potencias capitalistas y sus respectivos Estados para administrar el orden mundial según sus intereses. Mientras Taiwán sí ocupó espacio en la discusión debido a su enorme importancia estratégica y económica para el capital trasnacional, el Caribe volvió a quedar relegado. Cuba aparece sola frente al bloqueo, mientras las grandes potencias negocian asuntos que afectan directamente la estabilidad de sus propios mercados.

Pero esto también obliga a cuestionar a sectores de izquierda que aún depositan expectativas políticas en China o Rusia como alternativas revolucionarias frente a Estados Unidos. El problema no puede reducirse a una disputa entre naciones. El problema central sigue siendo el modo de producción capitalista que domina el sistema mundial. China, Rusia y Estados Unidos podrán enfrentarse por poder económico, influencia geopolítica o mercados, pero ninguno plantea una transformación del capitalismo ni la organización independiente de la clase trabajadora como prioridad.

Las relaciones diplomáticas del capital existen para defender intereses del capital. Cuando los líderes de estas potencias se sientan frente a frente, las necesidades de la clase trabajadora quedan subordinadas a cálculos económicos y estratégicos. No se trata simplemente de diplomacia política al no mencionar la situación del Caribe; se trata de que mientras el sistema continúe funcionando para sus intereses, la crisis de los pueblos oprimidos no ocupa el centro de sus preocupaciones.

Por eso resulta necesario retomar una perspectiva internacionalista desde el punto de vista de clase y no desde la subordinación a bloques capitalistas rivales. La autodeterminación de las naciones no puede desligarse de la necesidad de fortalecer la organización política de la clase trabajadora internacional.

Reducir el socialismo únicamente a nacionalizaciones o intervención estatal termina dejando de lado la cuestión fundamental: la toma del poder político por parte de la clase obrera. ¿Dónde queda la organización revolucionaria de los trabajadores? ¿Dónde queda su papel histórico como sujeto político independiente de la burguesía?

La clase trabajadora cubana continúa sufriendo mientras las grandes potencias discuten cómo sostener la economía mundial sin alterar las bases del capitalismo. Y si el Estado cubano no impulsa una presión política internacional basada en la movilización de la clase obrera mundial, el bloqueo seguirá siendo enfrentado únicamente dentro de los márgenes diplomáticos del sistema que lo sostiene.

El imperialismo no puede separarse del poder económico global del capital. China, Rusia y Estados Unidos ejercen diplomacia para reorganizar el capitalismo mundial según sus necesidades. Ninguna de estas potencias busca realmente transformar el sistema ni fomentar la organización política independiente de las masas trabajadoras.

Por eso la tarea sigue recayendo sobre la propia clase obrera. No basta con analizar el desarrollo económico de China o las empresas nacionalizadas como si eso fuera suficiente para definir un proyecto revolucionario. Tampoco basta con hablar de solidaridad internacional limitada a acuerdos económicos entre Estados. Si no existe una política dirigida a fortalecer el poder independiente de la clase trabajadora, todo termina subordinado a intereses burgueses.

Se hace necesario romper con la idea de que China y Rusia representan automáticamente una alternativa revolucionaria solo por enfrentarse a Estados Unidos. Las experiencias del llamado “socialismo del siglo XXI” demostraron las limitaciones de proyectos que redujeron el socialismo a medidas económicas mientras desplazaban a la clase trabajadora del escenario político y abandonaban la necesidad de la toma del poder obrero.

Esa necesidad sigue siendo inmediata. Recuperar la organización política independiente de la clase trabajadora. Construir comités obreros en centros de trabajo y comunidades. Desarrollar programas políticos que permitan negociar económicamente sin caer en dependencia de las potencias capitalistas. Fortalecer la capacidad productiva desde los intereses de las masas obreras y no desde las necesidades del capital trasnacional.

Porque no basta con políticas de representación. La clase trabajadora necesita poder directo y organización propia. Y Cuba, como símbolo de resistencia frente al imperialismo estadounidense, tiene también el desafío histórico de levantar una política que confronte no solo a Estados Unidos, sino al sistema capitalista que sostiene la opresión y la dependencia de la clase trabajadora del Caribe entero.

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