EE.UU.: 250 años de imperialismo
Por Isabelino Montes
Estados Unidos se prepara para celebrar su 250 aniversario. Para ello, el Congreso ha asignado 150 millones de dólares en fondos federales destinados a conmemorar el nacimiento de la República. Celebrar la independencia de un país no representa, en sí mismo, un hecho negativo. Pero toda celebración se mancha de mentira y falsedad cuando esa independencia ha estado históricamente subordinada a los intereses de enriquecimiento de una minoría burguesa que no solo ha reprimido a su propia clase trabajadora, fragmentándola y dividiéndola en categorías sociales, sino que además ha construido su riqueza sobre la apropiación de recursos de otros pueblos y países.
Cuando esa es la realidad material que sostiene una nación, es lógico que amplios sectores de trabajadores y trabajadoras no se sientan plenamente identificados con la celebración. Hay que separar la paja del grano: es evidente que la clase trabajadora disfruta y celebra los días festivos, y son merecidos. Pero detrás de estos 250 años, el control ideológico de la burguesía imperialista estadounidense ha sembrado ideas de patriotismo y homenaje al Estado que encubren otra realidad: una historia marcada por explotación, expansión y dominación.
Así, mientras las masas trabajadoras lanzan fuegos artificiales y participan del espectáculo, la maquinaria ideológica convierte la celebración en un gran show mediático de carácter burgués. El primer acto de ese espectáculo ya tuvo lugar con Donald Trump, quien convirtió el inicio de las festividades en una puesta en escena donde mezcló la celebración de sus 80 años con el aniversario número 250 de Estados Unidos durante un evento de la UFC en el césped de la Casa Blanca, el primer evento deportivo profesional celebrado en la residencia presidencial.
En ese mismo sentido, los eventos de celebración del 250 aniversario están siendo organizados por una organización sin fines de lucro creada por el Congreso, pero que ha estado envuelta en controversia por sus vínculos con donantes del círculo político de Trump y los republicanos. Según informes levantados desde el otro partido imperialista, el Partido Demócrata, esta organización se ha convertido en una palanca política de Trump y de sus intereses comerciales. De hecho, informes del Congreso han señalado que la entidad, ligada al Partido Republicano, ha solicitado millones de dólares a cambio de ofrecer a sus principales donantes acceso directo al presidente, eventos privados y sesiones fotográficas exclusivas.
Es aquí donde queda al desnudo lo que verdaderamente significa la celebración de una república burguesa como Estados Unidos: una estructura política históricamente distante de los intereses de las masas trabajadoras. Y el contraste es brutal: en medio de una crisis económica y social que golpea a millones, Trump utiliza abiertamente su posición política para multiplicar su fortuna. Si antes de asumir la presidencia se estimaba su patrimonio en unos 2.300 millones de dólares, hoy se calcula en cerca de 7.000 millones. Mientras prometía "hacer a América grande otra vez" y ofrecía prosperidad para la clase trabajadora, el costo de vida continúa disparándose y la desigualdad económica sigue creciendo. Entretanto, Trump ganó miles de millones mediante inversiones en criptomonedas, regalías, bienes raíces y la comercialización de productos con su marca: Biblias, relojes y zapatillas. Solo de la venta de tokens vinculados a él y su familia obtuvo más de 526 millones de dólares. Además, su criptomoneda meme generó otros 635 millones.
Así se celebran los 250 años de independencia estadounidense: como negocio privado para quienes gobiernan. Porque estos 250 años no son simplemente la historia de una república; son la historia de la consolidación del imperialismo y de la burguesía que siempre ha estado en el poder político.
En efecto, los 250 años muestran también cómo la trayectoria histórica de Estados Unidos resalta la manera en que se apropió de enormes riquezas para convertirse en potencia capitalista. Esa acumulación originaria se construyó sobre despojo territorial interno, esclavitud, guerra, expansión continental, control de mercados y subordinación económica externa. En el siglo XIX, la expansión hacia el oeste significó el robo de tierras indígenas, adquisiciones forzadas y guerras de conquista que permitieron capturar recursos decisivos para su crecimiento económico. Esa expansión territorial, combinada con el trabajo esclavizado de millones de personas traídas de África y Europa y con la protección estatal a la industria naciente, formó el capital de la burguesía que aún hoy conserva el poder político.
Pero su dominación no quedó limitada a su territorio. Fuera de sus fronteras, Estados Unidos consolidó su hegemonía mediante intervenciones militares, imposición de condiciones favorables a sus empresas y subordinación económica de América Latina y otras regiones del mundo. Así se consolidaron los monopolios capitalistas estadounidenses, repartiéndose las riquezas del planeta, concentrando excedentes financieros, creando redes bancarias y expandiendo su inversión exterior.
Por eso, la clase trabajadora en EE.UU. y en el mundo no debe sorprenderse cuando millones se ven obligados a abandonar sus países. Entender estos 250 años de Estados Unidos es entender el dominio y la concentración de riquezas que producen desigualdad estructural en nuestros países de origen. La riqueza acumulada en el centro imperialista y la precariedad en la periferia se alimentan mutuamente a través del comercio desigual, la extracción de valor, el endeudamiento y la subordinación productiva.
Y hoy, en medio de esta celebración, revive también la vieja doctrina Monroe, cuya función histórica fue clara: declarar al hemisferio occidental como esfera exclusiva de influencia estadounidense y legitimar la exclusión de potencias rivales, consolidando la primacía de Washington sobre América Latina. Trump promete revivirla como si fuera algo nuevo, engañando nuevamente a sectores de la clase trabajadora. Pero no hay nada nuevo en ello: esa falsa promesa de relativo bienestar para sectores obreros dentro de Estados Unidos ha estado históricamente vinculada al saqueo imperialista del resto del mundo.
En esa dominación, Puerto Rico no ha sido una excepción. La isla continúa siendo uno de los eslabones más atrasados dentro de una región históricamente subordinada a la burguesía estadounidense. En el marco del capital transnacional y del orden neocolonial, Puerto Rico sigue siendo una colonia en formas todavía tradicionales.
Estos 250 años de dominio imperialista también serán celebrados por la gobernadora Jenniffer González y por el bipartidismo colonial en la isla, que celebrarán 250 años de formación y enriquecimiento de una burguesía importadora subordinada al capital estadounidense. Sin embargo, dentro de esa misma lucha burguesa en la isla se atraviesan transformaciones, donde ciertos sectores burgueses y pequeñoburgueses —distintos a los que siempre han luchado por la independencia— se ven cada vez más aislados de ciertos intereses del capital transnacional y comienzan a mutar políticamente hacia posiciones de independencia burguesa. Y eso también debe ser señalado.
Si en Estados Unidos es necesario que la clase trabajadora se oponga al imperialismo como forma de lucro mundial, en Puerto Rico la clase trabajadora debe analizar que, en este momento histórico, la integración al capital transnacional es precisamente lo que más conviene tanto a Washington como a la burguesía local. Por eso, la lucha contra el imperialismo es una lucha conjunta de la clase obrera en Estados Unidos y Puerto Rico, y, en un plano superior, una lucha internacional de toda la clase trabajadora. Frente a estos 250 años de imperialismo, la tarea no es alinearse con ninguna fracción de la burguesía, ni con la nacional ni con la imperialista, sino formar primero nuestros propios organismos políticos como clase para tener fuerza y ejercer poder.
En Puerto Rico, disfrutemos el día festivo como de costumbre. Pero hagámoslo también como un momento de reflexión sobre la necesidad de una organización política independiente de la clase trabajadora, organizada en comités de trabajadores y trabajadoras en los centros de trabajo y en las comunidades.
Que estos 250 años no sirvan para rendir homenaje al imperialismo, sino para sacar conclusiones. Separémonos de las posiciones de la burguesía nacional, dividida entre sectores de derecha e izquierda, y avancemos hacia la perspectiva de una república obrera: una alternativa frente al actual estatus colonial y frente a cualquier república burguesa que perpetúe la explotación del capital sobre el trabajo asalariado.