Trump amenaza con el exterminio y la valentía del pueblo iraní irrumpe en las calles

Por Nexo Revolucionario Media

“Esta noche morirá una civilización”
— Donald J. Trump, Truth Social, 7 de abril de 2026

Las amenazas genocidas y sanguinarias demuestran la barbarie del decadente imperio de Estados Unidos, dirigidas por el demente narcisista Donald Trump. El genocidio no sucedió por ahora. El presidente de Estados Unidos ha cruzado una línea peligrosa y reveladora. En reiteradas ocasiones ha amenazado con borrar la civilización del pueblo iraní, con devolver al país a la edad de piedra y con atacar no solo objetivos militares, sino también infraestructura civil esencial como la energía eléctrica, las carreteras y las redes que sostienen la vida cotidiana de millones.

Ante semejantes declaraciones, los organismos internacionales guardaron silencio. No hubo respuesta contundente ni condena efectiva. Lo que sí quedó en evidencia es algo más profundo: el agotamiento de la llamada democracia burguesa como garante de derechos y límites en el orden mundial.

Ese silencio no es casual. Es síntoma de una descomposición. Cuando los intereses del capital se ven amenazados, el aparato estatal recurre sin titubeos a sus formas más extremas de coerción. Hoy, ese recurso aparece ligado al debilitamiento económico del imperialismo estadounidense, que enfrenta tensiones estructurales en el orden global que durante décadas dominó. En ese contexto de decadencia, la administración de Trump parece optar por la escalada, sin intentar justificar ante el propio pueblo estadounidense ni ante el mundo las razones de una guerra abierta contra Irán.

Sin mandato del Congreso, y por tanto ilegal incluso dentro del propio marco jurídico de Estados Unidos, esta ofensiva se sostiene mediante amenazas, manipulación y alineamiento con los intereses del Estado israelí. Se trata de una guerra ilegal también en el plano internacional, que constituye un posible crimen de guerra. Según los convenios de Ginebra, atacar infraestructura civil sin justificación militar es un crimen. Sin embargo, esas normas se desmoronan ante la urgencia de un imperialismo en crisis que busca preservar su hegemonía a toda costa. No es que las guerras imperialistas se justifiquen; todas deben ser condenadas, pero es evidente que ni sus propias reglas del juego están dispuestos a respetar.

Además, el gobierno estadounidense ha amenazado abiertamente con escalar el conflicto si Irán no abre el estrecho de Ormuz. En respuesta, Irán ha decidido controlar el flujo de embarcaciones, restringiendo el paso a barcos de Estados Unidos y sus aliados, mientras permite el tránsito de países aliados o de quienes paguen tarifas elevadas. Esta medida constituye una forma de presión económica frente a la agresión militar y demuestra que el conflicto no se limita al terreno bélico, sino que se extiende al plano estratégico y comercial. En este escenario, las burguesías nacionales se fortalecen, pero también se abren condiciones para una posible radicalización de la conciencia de clase.

Que el gobierno de Estados Unidos amenace abiertamente a un país soberano demuestra que la democracia burguesa y el orden internacional han entrado en crisis. Las reglas impuestas por los países capitalistas para sostener el flujo del capital han dejado de funcionar como mecanismos de contención. El hecho de que estas amenazas no encuentren una respuesta efectiva por parte de organismos internacionales evidencia un fracaso estructural. Una vez más, un país imperialista y en declive actúa con impunidad, ejerciendo su poder militar sin restricciones reales.

Como todo imperio, Estados Unidos concibe la soberanía de los países del Medio Oriente del mismo modo en que ha tratado históricamente a América Latina: como su patio trasero. Los percibe como territorios subordinados, como piezas en un tablero que puede usar y descartar según sus intereses. Lo ocurrido no es una excepción, sino la continuidad de una lógica que se ha visto en Cuba, en Venezuela y en múltiples intervenciones a lo largo de la historia.

La amenaza de exterminar a un país entero no es solo una declaración de guerra, es un intento de destruir su tejido social, su clase trabajadora y su capacidad de existir como nación. Es la expresión más cruda de un sistema que deshumaniza para sostener su poder. Sin embargo, en medio de esa amenaza, emerge una respuesta concreta: el pueblo iraní ha salido a la calle. Trabajadores y comunidades enteras se movilizan para defender plantas energéticas, vías de comunicación y estructuras vitales. Defender esa infraestructura es defender la vida misma del país.

Esta movilización no puede interpretarse de forma simplista como un respaldo ideológico al régimen. Es, ante todo, una respuesta de supervivencia. Cuando la amenaza es la desaparición, la defensa de la nación se vuelve una prioridad inmediata. En ese contexto, el pueblo se ve obligado a alinearse con las estructuras que permiten resistir la agresión. Es una unidad táctica, no una adhesión absoluta. La historia demuestra que, ante invasiones, los intereses nacionales tienden a imponerse momentáneamente sobre los de clase.

Sin embargo, esa contradicción no desaparece. Al contrario, puede profundizarse. En medio del conflicto, las burguesías refuerzan su control, pero también se abren grietas para el desarrollo de una mayor conciencia de clase. La guerra revela con claridad quién paga sus costos: la clase trabajadora. Es esta la que pone los muertos, la que sufre el encarecimiento de la vida y la que es utilizada para enfrentar a otros trabajadores en conflictos que no responden a sus intereses.

En este punto, las contradicciones del sistema se vuelven evidentes. De la amenaza de aniquilación total se pasa a la negociación condicionada. Trump ha planteado una tregua temporal, condicionando la suspensión de los ataques a concesiones estratégicas por parte de Irán. Esto no representa una desescalada real, sino una pausa táctica dentro del mismo conflicto. Al mismo tiempo, desde el lado iraní se han planteado condiciones que incluyen control estratégico, levantamiento de sanciones y retirada militar estadounidense, lo que confirma que la confrontación continúa en el terreno político.

Esta aparente transición de la guerra a la negociación no expresa coherencia, sino los límites materiales de un imperialismo que encuentra resistencia. La movilización del pueblo iraní, junto a sus capacidades estratégicas, ha contribuido a forzar este escenario. La guerra no es unilateral, y esa resistencia tiene efectos concretos.

Sin embargo, confiar en la palabra de un gobierno que ha amenazado con el exterminio es colocarse nuevamente al borde del abismo. La lógica imperialista no ha cambiado. Las burguesías negocian, los Estados maniobran, pero la clase trabajadora continúa cargando con el peso de la guerra.

Por eso, la consigna no se diluye. No a las guerras imperialistas, sí a la lucha de clases. La clase trabajadora enfrenta múltiples frentes al mismo tiempo: la agresión externa y las contradicciones internas. Defenderse no implica renunciar a la transformación. Resistir no significa olvidar el horizonte.

Entre la guerra y la defensa, entre la necesidad y la contradicción, se define una tarea histórica. Resistir para sobrevivir y sobrevivir para transformar. En esa tensión también se abre la posibilidad de una unidad internacional de la clase obrera capaz de enfrentar tanto a los tiranos externos como a los internos.

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