Tsunami demócrata: el repudio a Trump y la encerrona del bipartidismo

Por Nexo Revolucionario Media 

Las elecciones de medio término en Estados Unidos dejaron un resultado adverso para Donald Trump y el Partido Republicano. Según los resultados preliminares disponibles durante la mañana del 4 de noviembre, el Partido Demócrata obtuvo una mayoría en ambas cámaras del Congreso. En el Senado, los demócratas alcanzaron 53 escaños frente a 42 republicanos, con cinco contiendas todavía sin definir. En la Cámara de Representantes, los demócratas obtuvieron 224 escaños frente a 134 republicanos, con 77 contiendas pendientes. En Texas, James Talarico derrotó a Ken Paxton en la contienda por el Senado.

El resultado expresa un rechazo significativo a la administración de Trump y a las consecuencias de sus políticas. El aumento del costo de vida, la precariedad económica, los salarios que no alcanzan, el precio de la gasolina, el diésel y los alimentos han profundizado el malestar de amplios sectores de la población. A esto se suman las prácticas autoritarias de la administración, las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) contra las comunidades inmigrantes, la ofensiva contra derechos democráticos y el respaldo político y militar de Estados Unidos al genocidio contra el pueblo palestino.

La guerra contra Irán, impulsada por Trump junto a Israel, también ha profundizado las preocupaciones sobre las prioridades de la administración y sus consecuencias económicas. Mientras las familias trabajadoras enfrentan mayores dificultades para cubrir sus necesidades, el gobierno destina enormes recursos a la maquinaria militar y sostiene una política exterior al servicio de los intereses imperialistas. Al mismo tiempo, la corrupción y el enriquecimiento de Trump y sus aliados han reforzado la percepción de que el poder político sirve a quienes ya concentran la riqueza.

En estas circunstancias, vuelve a cobrar fuerza una realidad conocida de la política estadounidense: cuando las condiciones materiales empeoran, el descontento puede convertirse en un castigo electoral contra el partido que ocupa el gobierno. El costo de vida, los salarios, el empleo y la capacidad de las familias para llegar a fin de mes continúan pesando sobre el comportamiento electoral. Sin embargo, el rechazo a los republicanos no significa necesariamente una adhesión consciente al programa demócrata. Tampoco todos los sectores que repudiaron a Trump se identifican con el Partido Demócrata.

Otro elemento de ese rechazo fue el cuestionamiento al peso del dinero en las elecciones y a la influencia de los grandes intereses económicos sobre la política. En contiendas como las de Michigan, también se expresó el repudio a los PAC y Super PAC, estructuras mediante las cuales se canalizan enormes cantidades de dinero para financiar campañas e influir sobre los resultados electorales. Los multimillonarios y las grandes corporaciones utilizan estas redes de financiamiento, incluidas organizaciones que no siempre revelan públicamente la identidad de sus principales financiadores, para impulsar candidatos, favorecer determinadas agendas y ejercer influencia sobre quienes ocupan cargos públicos. Para amplios sectores de la población, las elecciones no deben convertirse en una subasta donde quienes tienen más dinero compran mayor acceso al poder político.

Aquí se encuentra la contradicción central de estas elecciones: las razones que llevaron a distintos sectores de la clase trabajadora a repudiar a Trump y apoyar candidaturas demócratas no tienen por qué terminar subordinadas al Partido Demócrata. El rechazo a la precariedad económica, al autoritarismo, al racismo, a las redadas contra las comunidades inmigrantes, al genocidio contra Palestina, a las guerras imperialistas y al poder del dinero en las elecciones expresa preocupaciones que pueden articularse en una agenda política propia. El desafío consiste en transformar esas demandas y esa movilización electoral en conciencia, organización y una fuerza independiente de la clase trabajadora.

El rechazo electoral y los intereses compartidos de nuestra clase

La clase trabajadora de Estados Unidos no constituye un bloque homogéneo. Está integrada por personas de distintas nacionalidades, idiomas, culturas, religiones, razas, géneros y experiencias. Sus condiciones de vida tampoco son idénticas. Sin embargo, millones comparten una realidad marcada por salarios insuficientes, jornadas extensas, empleos inestables, vivienda cada vez más costosa, deudas y dificultades para acceder a servicios médicos y educativos.

La movilización electoral puso de manifiesto que el descontento de nuestra clase no responde a una sola causa ni se limita al terreno económico. Detrás de las distintas expresiones de rechazo existen experiencias compartidas de explotación, desigualdad y falta de representación política. Aunque estas preocupaciones se manifiesten de maneras diferentes, pueden convertirse en puntos de encuentro para desarrollar reivindicaciones comunes y construir una agenda independiente de la clase trabajadora.

La pregunta fundamental es quién tiene el poder de establecer las prioridades del país y a favor de quién se administra el Estado. Mientras los grandes intereses económicos cuentan con organizaciones, recursos y acceso directo a las instituciones políticas, la mayoría trabajadora continúa enfrentando sus problemas de manera fragmentada. Esa desigualdad de poder no se resuelve simplemente sustituyendo a un partido por otro. Requiere desarrollar organizaciones propias, capaces de articular demandas y disputar las decisiones que afectan nuestras condiciones de vida.

Los capitalistas tienen sus organizaciones

El Partido Demócrata y el Partido Republicano son los dos grandes partidos burgueses o capitalistas de Estados Unidos. Compiten por el control del gobierno, la administración del Estado y la dirección de sus instituciones. Sus diferencias políticas y programáticas son reales y tienen consecuencias concretas, pero esa competencia se desarrolla dentro de un sistema económico basado en la propiedad privada de los principales medios de producción y el predominio del capital.

Ambos partidos cuentan con redes de financiamiento, organizaciones políticas, grupos de presión y sectores empresariales que trabajan para impulsar sus intereses. Las corporaciones, los multimillonarios y los grandes inversionistas no dependen exclusivamente de las elecciones para defender sus posiciones. Mantienen estructuras permanentes de influencia y utilizan sus recursos para intervenir en la formulación de políticas públicas, las decisiones legislativas y la administración gubernamental.

La clase trabajadora, en cambio, necesita fortalecer su propia capacidad de organización. No basta con participar en campañas electorales, respaldar candidaturas o esperar que un gobierno responda a sus necesidades. Hace falta construir espacios permanentes de deliberación y acción colectiva, independientes de los partidos capitalistas y de los intereses empresariales.

Esto no significa ignorar las diferencias entre republicanos y demócratas ni negar las consecuencias concretas de sus políticas. Una victoria electoral puede detener determinadas medidas, abrir espacios de participación o modificar decisiones gubernamentales. Pero esos resultados no equivalen a conquistar independencia política. La clase trabajadora necesita una fuerza propia que pueda defender sus intereses sin quedar subordinada a los límites y compromisos de los partidos que compiten por administrar el capitalismo estadounidense.

La guerra y las prioridades de nuestra clase

La política exterior de Estados Unidos también revela la distancia entre las prioridades del gobierno y las necesidades de la mayoría trabajadora. El respaldo político, diplomático y militar de Washington a Israel ha contribuido a sostener la ofensiva contra el pueblo palestino y el genocidio en Gaza. Esos recursos públicos, que podrían destinarse a atender necesidades sociales, se utilizan para respaldar una política de ocupación, destrucción y dominación.

La guerra contra Irán y la escalada militar en el Medio Oriente profundizan esa contradicción. Los conflictos internacionales afectan los mercados energéticos, el transporte, la producción y el costo de los bienes esenciales. Sus consecuencias terminan repercutiendo sobre las familias trabajadoras, mientras las empresas vinculadas a la industria militar y energética encuentran oportunidades para aumentar sus ganancias.

La oposición a las guerras imperialistas no puede limitarse a una consigna electoral ni depender de cuál partido ocupa la Casa Blanca. Tiene que formar parte de una política independiente de la clase trabajadora, basada en la solidaridad internacional y el rechazo a la subordinación de los pueblos a los intereses de las grandes potencias.

Los trabajadores y trabajadoras de Estados Unidos tienen intereses comunes con quienes enfrentan la explotación, la ocupación y la intervención imperialista en otros países. Esa solidaridad exige cuestionar el uso de los recursos públicos para financiar guerras y exigir que las prioridades económicas y políticas respondan a las necesidades de la población.

Cambiar de partido no es conquistar la independencia política

El movimiento electoral entre republicanos y demócratas demuestra cómo el descontento puede alterar el equilibrio político. Cuando una parte del electorado castiga al partido gobernante, puede respaldar a la oposición como una forma de frenar determinadas políticas. Pero ese desplazamiento no necesariamente representa una transformación de conciencia ni la construcción de una alternativa política independiente.

El Partido Demócrata puede capitalizar el rechazo a Trump y presentarse como la opción para recuperar estabilidad, proteger derechos o corregir los excesos republicanos. Sin embargo, su victoria no garantiza que las demandas de quienes lo apoyaron se conviertan en prioridades gubernamentales. Una vez terminada la campaña, las organizaciones políticas y los sectores económicos que sostienen al partido continúan ejerciendo influencia sobre sus decisiones.

La experiencia electoral también puede repetirse en sentido contrario. Si las expectativas creadas por los demócratas no se cumplen, el descontento puede volver a desplazarse hacia los republicanos o manifestarse mediante la abstención y el desencanto político. De esta manera, la clase trabajadora queda atrapada en un ciclo donde cambia el partido que administra el gobierno, pero no desarrolla una fuerza propia capaz de imponer una agenda independiente.

La independencia política no significa abstenerse necesariamente de las elecciones. La clase trabajadora puede apoyar medidas concretas, defender candidaturas frente a amenazas inmediatas o utilizar los procesos electorales como un terreno de lucha. La cuestión fundamental es mantener su autonomía política y organizativa. Ningún respaldo electoral debe sustituir la construcción de organizaciones propias ni convertir las demandas populares en instrumentos de negociación de los partidos capitalistas.

La génesis de una agenda autónoma: más allá del bipartidismo

Las preocupaciones que movilizaron a millones de personas contra Trump pueden convertirse en los puntos de partida de una agenda política independiente. El descontento por el costo de vida debe traducirse en reivindicaciones sobre salarios, vivienda, servicios públicos y condiciones de trabajo. El rechazo a las redadas de ICE debe expresarse en la defensa de las comunidades inmigrantes y sus derechos. La oposición al genocidio contra Palestina debe convertirse en una exigencia para terminar con el respaldo político, económico y militar de Estados Unidos a Israel.

De igual manera, el rechazo al autoritarismo debe fortalecer la defensa de los derechos democráticos, mientras que la preocupación por la influencia de los multimillonarios y las corporaciones debe impulsar demandas contra el dominio del dinero sobre las instituciones políticas. La oposición a las guerras imperialistas debe formar parte de una política internacionalista que coloque la solidaridad entre los pueblos por encima de los intereses de las grandes potencias.

Una agenda de esta naturaleza no puede limitarse a reunir una lista de demandas. Tiene que establecer prioridades, identificar los intereses que se oponen a su realización y desarrollar una estrategia para conquistarlas. Debe surgir de las experiencias y necesidades de quienes viven las consecuencias de las decisiones económicas y políticas: las personas que trabajan en fábricas, escuelas, hospitales, comercios, oficinas y otros centros laborales, así como quienes sostienen sus comunidades y enfrentan diariamente el encarecimiento de la vida.

Esa agenda tampoco puede quedar subordinada a las negociaciones entre dirigentes políticos ni depender de las promesas de los partidos existentes. Su desarrollo requiere discusión democrática, participación colectiva y organización permanente. Las demandas deben construirse desde los centros de trabajo y las comunidades, articulando las luchas particulares en un proyecto común.

Comités de Trabajadores, Trabajadoras y de Barrios

La construcción de una alternativa independiente requiere organismos permanentes desde los cuales la clase trabajadora pueda organizar sus luchas y desarrollar sus propias reivindicaciones. Los Comités de Trabajadores, Trabajadoras y de Barrios pueden cumplir esa función, articulando la participación en los centros laborales y las comunidades.

En los centros de trabajo, permitirían organizar a trabajadores y trabajadoras sindicalizados y no sindicalizados alrededor de sus condiciones laborales, salarios y derechos. En los barrios, facilitarían la acción colectiva frente a problemas como la vivienda, la educación, los servicios médicos, el transporte y las políticas que afectan a las comunidades. Estos organismos deben funcionar mediante asambleas democráticas, delegados electos y coordinación entre distintos sectores, sin sustituir a los sindicatos ni quedar subordinados a partidos políticos o intereses empresariales.

Su propósito es conectar las luchas particulares, fortalecer la solidaridad y convertir las necesidades compartidas en una agenda común de la clase trabajadora.

De la división a la organización, de la organización al poder

La victoria demócrata representa un revés electoral para Trump, pero no significa que la clase trabajadora haya conquistado poder político independiente. El desafío es impedir que el rechazo a sus políticas termine canalizado exclusivamente hacia el Partido Demócrata. Para ello, también debemos superar las divisiones promovidas mediante el racismo, la xenofobia y la estigmatización de las comunidades inmigrantes. La unidad de nuestra clase no exige borrar sus diferencias, sino reconocer que las distintas formas de explotación y opresión requieren una respuesta colectiva.

Existen candidaturas y representantes vinculados al socialismo democrático y las corrientes progresistas dentro del Partido Demócrata, como Alexandria Ocasio-Cortez, Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez en Nueva York. Sin embargo, la trayectoria de Bernie Sanders, quien lleva décadas participando en los espacios legislativos demócratas pese a mantener formalmente su independencia, evidencia los límites de impulsar transformaciones desde una estructura política vinculada a los intereses del capital. Estas representaciones pueden abrir espacios para determinadas reivindicaciones, pero corresponde a los sectores organizados de nuestra clase exigir que cumplan sus compromisos y evaluar su actuación por sus resultados concretos.

La movilización de las campañas de Abdul El-Sayed en Michigan y James Talarico en Texas, con alrededor de 12,000 y 60,000 voluntarios respectivamente, demuestra el potencial organizativo que puede surgir de estos procesos electorales. Esa participación no debe desaparecer después de las elecciones. Debe mantenerse, transformarse en organización permanente y servir para fiscalizar a los representantes, ejercer presión sobre sus decisiones y desarrollar una agenda propia. No podemos esperar que quienes permanecen dentro del Partido Demócrata rompan por iniciativa propia con esa estructura; necesitamos construir una fuerza independiente capaz de confrontar sus límites y superar la encerrona bipartidista.

La tarea, por tanto, no termina con elegir representantes ni con exigirles que cumplan sus promesas. Consiste en convertir la movilización en organización, la organización en conciencia política y esa conciencia en capacidad colectiva para disputar el poder. La clase trabajadora necesita dejar de depender de los partidos capitalistas y construir su propia alternativa.

De la división a la unidad. De la unidad a la organización. Y de la organización a la construcción de una fuerza independiente de la clase trabajadora.

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