8M: Recuperar la historia obrera del Día Internacional de la Mujer Trabajadora
La historia del 8 de marzo nace en las luchas de las mujeres trabajadoras contra la explotación capitalista. Frente a los intentos de la burguesía de despolitizar esta fecha, es necesario rescatar su origen de clase y su significado en la lucha del movimiento obrero internacional.
Por Nexo Revolucionario Media
Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una fecha que la clase obrera del mundo ha levantado como símbolo de lucha, organización y memoria histórica. Sin embargo, en medio de un orden político dominado por la ideología burguesa, resulta cada vez más necesario rescatar su carácter ideológico de clase frente a los intentos de vaciarlo de contenido político.
La influencia ideológica de la burguesía busca apropiarse de todo lo que conquistaron las masas trabajadoras a través de décadas de lucha. Ese control ideológico pretende presentarnos como una clase pacífica que siempre ha aceptado su condición de existencia bajo la explotación del capital y el trabajo asalariado. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario.
La realidad es que el movimiento obrero, y en particular las mujeres trabajadoras, han protagonizado algunas de las luchas más combativas contra las condiciones de explotación capitalista. A finales del siglo XIX y principios del XX, las trabajadoras textiles y de la industria de la confección en Estados Unidos protagonizaron grandes huelgas contra jornadas de más de 12 horas diarias, salarios miserables y condiciones de trabajo peligrosas. En Nueva York, la represión contra estas luchas fue brutal. Uno de los episodios más recordados ocurrió en 1911 con el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, donde murieron 146 trabajadores, en su mayoría mujeres inmigrantes, después de que los dueños mantuvieran las puertas cerradas para impedir que abandonaran sus puestos de trabajo.
Estos hechos marcaron profundamente al movimiento obrero internacional. Fue precisamente a partir de estas luchas que dirigentes revolucionarias como Clara Zetkin, militante comunista alemana, impulsaron la proclamación del Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1910. El objetivo era claro: recordar que las mujeres obreras nunca aceptaron pasivamente las condiciones de explotación capitalista y que su lucha forma parte inseparable de la lucha de toda la clase trabajadora.
Por eso, en este 8 de marzo de 2026, toda la clase trabajadora debe resaltar que lo que se conmemora es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y no una celebración abstracta ni despolitizada. Debe quedar claro, por diferentes aspectos, su carácter ideológico y su importancia política.
En cuanto a esa importancia política, el nombre mismo ha sido objeto de intentos de distorsión. Instituciones como la Organización de Naciones Unidas (ONU) han promovido el uso del término “Día Internacional de la Mujer”, despojándolo del contenido de clase que históricamente lo definió. Al hacerlo, se promueve una visión pasiva que busca construir una coalición de mujeres sin distinguir las profundas diferencias históricas y de clase entre las mujeres trabajadoras y sus capas más pobres frente a las mujeres burguesas.
Esto no significa negar que las mujeres burguesas puedan experimentar formas de opresión dentro de estructuras patriarcales o en una cultura machista que todavía persiste en la sociedad. Pero lo que se conmemora el 8 de marzo es, ante todo, la historia de mujeres trabajadoras que paralizaron Estados Unidos y el mundo frente a las condiciones de explotación que vivían en las fábricas.
Aquellas trabajadoras se organizaron para luchar, y la burguesía respondió rápidamente con represión y violencia.
La historia de esas luchas es precisamente lo que hoy se intenta ocultar o distorsionar. Estas mismas tergiversaciones históricas adquieren especial relevancia en el momento actual, cuando nuevas vertientes fascistas emergen para intentar sostener la descomposición del sistema capitalista, particularmente en el contexto del declive del imperialismo estadounidense. En este escenario, administraciones como las de Donald Trump han impulsado políticas y discursos que incluso buscan reescribir episodios fundamentales de la historia de Estados Unidos, incluyendo la manera en que se enseña la esclavitud y el racismo estructural en las escuelas.
Podrán intentar cambiar libros, programas educativos o narrativas oficiales. Pero las masas trabajadoras saben de dónde vienen. Saben cómo se formó su clase a través de condiciones de explotación, migraciones forzadas, pobreza y contradicciones constantes dentro del sistema capitalista.
Por más que intenten tergiversar la historia, las masas trabajadoras y las organizaciones revolucionarias continuarán documentando y rescatando esa memoria histórica, no solo desde los centros académicos, sino también desde la lucha política concreta de la clase trabajadora. Son precisamente las luchas históricas de la mujer trabajadora las que hoy se pretende invisibilizar. Y resulta particularmente revelador que organismos como la ONU, que observan genocidios, invasiones y atrocidades humanas frente a sus ojos, sean los mismos que contribuyen a ocultar el carácter de clase del 8 de marzo.
Estas instituciones pueden denunciar represiones selectivamente, como en el caso del Estado iraní, pero han demostrado una incapacidad —o falta de voluntad política— para intervenir de forma contundente frente a realidades como el genocidio en Gaza o las prácticas represivas de agencias como ICE en Estados Unidos, cuyas políticas afectan directamente a miles de mujeres trabajadoras migrantes y a sus familias.
Esa doble vara no es más que el reflejo de estructuras políticas internacionales profundamente condicionadas por el poder económico y hegemónico de países imperialistas como Estados Unidos dentro de esos organismos.
Esto no significa desconocer que en Irán existen mujeres que luchan por cambios en su sociedad y que exigen transformaciones frente a prácticas que consideran opresivas. Sin embargo, la tarea histórica de la clase trabajadora iraní es elevar esas luchas hacia una perspectiva de clase, de modo que los derechos fundamentales que hoy se encuentran en disputa puedan abordarse desde una transformación social profunda.
En ese sentido, no nos aislamos de la lucha de las mujeres trabajadoras iraníes. Lo que no podemos aceptar es el oportunismo con el que Estados Unidos e Israel han instrumentalizado protestas como el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, amplificando demandas legítimas para justificar agendas geopolíticas orientadas al “cambio de régimen” en Irán.
Ese gobierno teocrático, por su parte, tampoco representa la aspiración histórica de la clase trabajadora por construir un mundo a imagen y semejanza de los intereses de quienes producimos ls riquezas del mundo con nuestro trabajo.
Las maniobras de Estados Unidos e Israel tampoco pueden trasladarse a un plano religioso. No son las potencias imperialistas las que deben decidir en qué creen o qué modelo de sociedad deben adoptar las masas trabajadoras. Las luchas de la clase obrera —y particularmente las de las mujeres trabajadoras— son autónomas como clase.
Los países imperialistas no pueden intervenir para imponer sus intereses. Son las trabajadoras iraníes quienes deben organizar su lucha contra el poder teocrático que las oprime. Si esa lucha implica conquistar mayores libertades y derechos fundamentales, la clase trabajadora internacional tiene el derecho y el deber de apoyarlas.
Pero también tenemos el derecho y la responsabilidad de denunciar la intervención imperialista de Estados Unidos e Israel, porque al final es la clase trabajadora la que queda atrapada entre intereses ajenos a su desarrollo político, económico y humano.
Por todo esto, en este 8 de marzo debemos levantar la voz para consolidar, en primer lugar, una lucha conjunta entre las mujeres trabajadoras y el resto de la clase obrera, sin importar categorías de identidad que fragmenten nuestra fuerza colectiva. Desde Puerto Rico, esto puede traducirse en impulsar la creación de comités de trabajadores y trabajadoras, como un primer paso hacia la organización política unificada de la clase obrera en la región caribeña.
Nos toca como trabajadoras y trabajadores defender la historia de clase que encarna el 8 de marzo. Defenderla significa también quebrantar las mentiras históricas de la burguesía, que intenta hacernos creer que nuestra clase siempre ha sido sumisa frente a las condiciones de explotación del sistema capitalista.
La historia demuestra lo contrario.
Y mientras exista explotación, también existirá y se aspirará a la lucha organizada de la clase trabajadora.