De Venezuela al Ártico: la Doctrina Donroe y la desesperación imperialista de Estados Unidos
Por Manuel Colón
La madrugada del 3 de enero de 2026 volvió a dejar claro que, cuando Estados Unidos decide intervenir, no lo hace contra abstracciones políticas ni figuras individuales, sino contra pueblos concretos. El ataque militar contra Venezuela dejó muertos y heridos civiles y militares, incluyendo a más de 100 personas entre civiles y militares cubanos y venezolanos, confirmó una escalada iniciada durante todo el 2025 y colocó, una vez más, a la clase trabajadora venezolana en el centro del fuego imperialista. Al mismo tiempo, la administración Trump ya apuntaba a Groenlandia como el nuevo objetivo de la Doctrina Donroe, mostrando que su estrategia global busca imponer control sobre recursos estratégicos y territorios clave más allá del hemisferio.
No se trató de un hecho aislado ni de una reacción improvisada, sino de una operación coherente con una estrategia más amplia de disciplinamiento regional y reafirmación del dominio estadounidense. No se trata aquí de defender a Nicolás Maduro ni de justificar el autoritarismo del madurismo. Si el futuro político de Venezuela estuviera realmente en juego, solo le correspondería decidirlo a su pueblo trabajador. No a Washington, no al Pentágono, no a Marco Rubio ni a Donald Trump.
La intervención militar estadounidense no tuvo como objetivo ampliar derechos ni fortalecer procesos democráticos, sino imponer por la fuerza los límites de lo tolerable para el capital y la geopolítica imperial. Conviene decirlo sin rodeos: este ataque no respondió a ninguna preocupación humanitaria ni a una súbita vocación democrática. Tampoco al supuesto combate contra el narcotráfico caribeño. Esa coartada se derrumbó incluso en los propios tribunales estadounidenses. En el caso criminal armado contra Maduro, el Departamento de Justicia terminó admitiendo, al reescribir su acusación, que el llamado Cartel de los Soles no existía como una organización criminal real, estructurada y operativa. Fue un relato útil, no una realidad probada. Un pretexto propagandístico para justificar sanciones, bloqueos y, finalmente, misiles.
Venezuela: la nueva colonia estadounidense
El ataque resultó en la captura ilegal de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, quienes actualmente se encuentran en alguna prisión en Estados Unidos. Actualmente el resto del gobierno del PSUV quedó intacto en Venezuela; Delcy Rodríguez asumió la presidencia y las piezas de control del gobierno permanecen en el mismo lugar que antes de la captura de Maduro. La producción petrolera sigue bajo gestión compartida entre el gobierno venezolano y Chevron, pero la venta, distribución, intermediarios y flujo inicial del dinero están definidos en gran medida por Washington y sus agencias, en un claro despliegue de un nuevo modelo de coloniaje abierto y sin tapujos.
El gobierno interino de Delcy Rodríguez entrega parte de los ingresos a Estados Unidos, como cientos de millones ya transferidos para sostener el tipo de cambio y evitar un colapso inmediato, pero lo hace dentro de un esquema diseñado para mantener influencia total estadounidense sobre la apertura del sector y futuras inversiones privadas en la región.
Luego de la captura de Maduro, Trump mencionó que algo había que hacer con México, insinuando un ataque por tierra contra los cárteles, usando nuevamente la guerra contra las drogas como pretexto para el intervencionismo imperialista. Asimismo, ha amenazado al gobierno cubano, que podría ser el próximo objetivo del plan imperialista en el Caribe.
Puerto Rico jugó un papel clave en la planificación y ejecución del ataque. Desde la antigua colonia, ahora convertida en base del nuevo modelo imperialista de la Doctrina Donroe, se lanzó la operación contra Venezuela sin consultar con el gobierno local de Jennifer González. El archipiélago borincano permanece ocupado militarmente y el gobierno colonial nada puede hacer. Una vez más, como en los años 80 con Panamá, Puerto Rico se usa como trapo colonial para trabajos sucios del imperialismo y luego es desechado.
2025: el plan imperialista y la expansión de la Doctrina Donroe
El 2025 fue el año en que la administración Trump abandonó cualquier máscara diplomática. Garrote y zanahoria se combinaron de manera abierta y sin eufemismos, y América Latina volvió a ser tratada, sin pudor, como zona de dominio exclusivo. Desde principios de ese año, Trump amenazó públicamente con “recuperar” el Canal de Panamá. En abril, Marco Rubio viajó al país y, tras presiones directas, se cancelaron contratos a empresas chinas vinculadas a la infraestructura canalera.
Al mismo tiempo, Trump hablaba de anexar Groenlandia y bromeaba con convertir a Canadá en el estado 51. No eran chistes ni exabruptos personales, sino señales políticas de una lógica imperial que ya no siente la necesidad de disimular. Las recompensas también circularon. En Argentina, Washington condicionó un rescate financiero de alrededor de 20 mil millones de dólares al desempeño electoral de Javier Milei. En Ecuador, tras la aparición pública de Trump junto a Daniel Noboa, llegaron beneficios arancelarios. En Honduras, el respaldo a Nasry Asfura fue acompañado del indulto a Juan Orlando Hernández, un narcotraficante confeso, como mensaje directo a las élites locales. En Chile, el apoyo discursivo al ultraderechista José Antonio Kast buscó reordenar el equilibrio ideológico regional. El mensaje fue inequívoco: alinearse paga, resistir se castiga.
Venezuela quedó del lado del castigo. Durante todo el 2025 se reforzaron las sanciones, se bloqueó el petróleo y se incrementó la presencia militar estadounidense en el Caribe. El ataque de enero de 2026 fue la culminación lógica de ese proceso. Días después, Washington extendió el embargo hasta el Atlántico Norte, capturando el petrolero ruso Marinera, que transportaba crudo venezolano e iraní. La Doctrina Monroe dejó de limitarse al hemisferio y se estiró allí donde fuera necesario para sostener el dominio imperial, incluso fuera de sus fronteras tradicionales.
Nada de esto fue improvisado. En noviembre de 2025, la administración Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional, donde se revive explícitamente la Doctrina Monroe, rebautizada de forma cínica como Donroe. América Latina es definida como zona primaria de seguridad nacional y China como rival sistémico a contener, no por razones ideológicas, sino por su capacidad de disputar poder económico, tecnológico y geopolítico. La coerción reemplazó abiertamente a la diplomacia.
Bajo el lema de Make America Great Again, y en la ya perdida competencia contra el poder en crecimiento de China en Latinoamérica y el mundo, Estados Unidos intentó aumentar la producción de mercancías con la guerra arancelaria, buscando debilitar la producción china. La estrategia fracasó, generando aumento en el costo de vida de la clase trabajadora estadounidense y aislamiento internacional del gobierno de Trump. Al no lograr resultados económicos, recurrió a la guerra para activar el complejo militar-industrial y enviar un mensaje a Pekín: “America para los americanos”.
El aumento del presupuesto del Pentágono a 1.5 trillones de dólares confirmó que la guerra no es retórica, sino política económica. Mientras se recortan derechos sociales dentro de Estados Unidos, el complejo militar-industrial se llena los bolsillos. Cuando el capital no puede generar bienestar, genera conflictos. Cuando no produce futuro, produce misiles.
Groenlandia, la OTAN y la confrontación global
Es en este mismo marco donde deben entenderse las descaradas expresiones de Trump sobre la anexión de Groenlandia. Presentadas por la prensa liberal como delirios personales, en realidad forman parte de la misma estrategia global. Groenlandia ocupa hoy un lugar central en la lucha desesperada de Estados Unidos por sostener su posición imperial en un sistema capitalista en descomposición.
Trump utiliza como pretexto la relación colonial entre Groenlandia y Dinamarca, ignorando deliberadamente que el propio pueblo groenlandés ha dejado claro que su estatus político no es asunto de injerencia extranjera. En nombre de su derecho a la autodeterminación, los groenlandeses han respondido con una consigna inequívoca dirigida tanto a Washington como a las potencias europeas: “Hands Off Greenland!”. Pero, como ocurre una y otra vez, en el tablero imperial la voluntad popular vuelve a ser desatendida.
La OTAN, presentada como alianza defensiva basada en acuerdos multilaterales, actúa en la práctica como un instrumento subordinado a los intereses imperialistas y, en particular, al peso hegemónico de Estados Unidos dentro de ella. En este escenario, Groenlandia se convierte en una pieza estratégica de primer orden. Debido a la amenaza de Trump contra Venezuela y la presión sobre Groenlandia, la unidad y fortaleza de la OTAN están en riesgo. Trump amenazó a los países europeos con aranceles si no apoyaban su intervención en Groenlandia, colonia de Dinamarca y miembro de la OTAN. Los países europeos respondieron con advertencias de medidas económicas propias y movilización de tropas danesas al Ártico, apoyando a Dinamarca y estableciendo un débil freno a la avanzada imperialista estadounidense.
La disputa por el Ártico no es nueva, pero ha entrado en una fase acelerada. Potencias europeas como Dinamarca y actores asiáticos como Rusia llevan años posicionándose en la región, mientras Estados Unidos, que ya mantiene bases militares en Groenlandia, busca consolidar su dominio sobre las rutas marítimas del Ártico. El Paso del Noroeste y las rutas transárticas pueden reducir hasta casi la mitad el tiempo de viaje entre Asia y Europa en comparación con el canal de Suez. Esto supone ahorros colosales para los monopolios navieros y una reconfiguración profunda del comercio mundial. Estudios de transporte proyectan decenas de miles de travesías anuales hacia mediados de siglo, convirtiendo al Ártico en un nuevo eje del capitalismo global, acompañado de mayores emisiones, destrucción ecológica y saqueo territorial en nombre de la rentabilidad.
El interés estadounidense no se limita a la logística. Groenlandia alberga reservas estratégicas de hidrocarburos, minerales críticos y tierras raras, además de nuevas zonas de pesca abiertas por el deshielo. Estos recursos alimentan una auténtica carrera por el botín entre corporaciones transnacionales y los Estados que las respaldan. Asegurarlos significa garantizar cadenas de suministro clave para la industria militar, electrónica y de alta tecnología. A ello se suma su valor geopolítico-militar: la ubicación de Groenlandia junto al llamado “hueco” Groenlandia–Islandia–Reino Unido convierte su control en un factor decisivo para vigilar y, en caso de conflicto, bloquear el movimiento de la flota rusa entre el Ártico y el Atlántico.
No se trata de seguridad defensiva, sino de dominación estratégica. Así, el Ártico emerge como una nueva frontera de la misma lógica histórica que se expresó con misiles sobre Caracas. Estados imperialistas y monopolios reorganizan la geografía de la acumulación, se reparten regiones, rutas y recursos, y elevan el riesgo de conflictos militares bajo el discurso hipócrita de “proteger” inversiones y cadenas de suministro.
¿Qué hacer frente al imperialismo?
El ataque a Venezuela no es una excepción. Es la norma de una nueva etapa imperialista más abierta, más violenta y menos preocupada por las apariencias democráticas. De Venezuela al Ártico, del Caribe al Polo Norte, la lógica es la misma: asegurar rutas, recursos y subordinación.
No se trata de escoger entre Maduro y Trump. Esa es una falsa disyuntiva. Se trata de rechazar tanto el autoritarismo interno como el imperialismo externo, de afirmar que la autodeterminación de los pueblos no se impone con sanciones ni bombardeos, y de recordar que, mientras el capital libra su guerra global, es la clase trabajadora la que pone los muertos. Por eso la lucha no puede limitarse a nombres propios, sino que debe enfrentar el daño estructural del imperialismo, la fragilidad de las soberanías burguesas y la urgencia de organización obrera y movilización popular frente a un sistema que convierte al mundo entero en botín de guerra.