Estados Unidos e Israel contra Irán: la guerra que paga la clase trabajadora

Por Nexo Revolucionario Media

“Puede afectar a los consumidores, pero eso es lo último que nos preocupa.”

La declaración de Kevin Hassett, quien ocupa el cargo de director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca en la segunda administración de Donald Trump y actúa como principal asesor económico del presidente, no es una simple opinión técnica. Es una confesión abierta de prioridades. Mientras reconoce que la guerra encarecerá la vida de la población, deja claro que ese impacto es secundario frente a lo verdaderamente importante para la administración. La prioridad es el capital, la estabilidad de las grandes corporaciones y la continuidad de un sistema que convierte la guerra en negocio.

Lo que estamos viendo no es simplemente una crisis coyuntural, es un proceso de empobrecimiento acelerado de la clase trabajadora en Estados Unidos. El aumento en los precios de la gasolina, que ya supera los 4 dólares por galón, y del diésel, que ronda los 5 dólares, impacta directamente todos los niveles de la vida cotidiana. El transporte, los alimentos, la vivienda y los bienes esenciales se encarecen. Esto no es otra cosa que una desvalorización de la fuerza de trabajo.

La economía se está reorganizando en función de intereses financieros y militares. Se profundiza la especulación, se estanca el empleo y comienzan a manifestarse fases de despidos masivos. El salario real pierde valor mientras el costo de vida aumenta. La clase trabajadora produce más, pero vive peor.

Aún cuando la clase trabajadora en Estados Unidos no se ve afectada en comparación con países más pobres, el nivel de descomposición provocado por la desigualdad económica que genera inclinar la economía hacia la especulación y la acumulación de la guerra es un tiro directo al empobrecimiento de las masas trabajadoras en Estados Unidos. El alto costo de los medios de subsistencia representa una desvalorización de la fuerza de trabajo. En ese sentido vemos una reducción salarial real y una planificación económica subordinada a intereses financieros parasitarios que mantienen estancado el empleo y han propiciado fases iniciales de despidos masivos.

El financiamiento de esta guerra no proviene de una fuente abstracta. Proviene del trabajo. De los impuestos que paga la clase trabajadora, es decir, del valor generado por millones de trabajadores y trabajadoras. Las corporaciones no pagan impuestos desde un bolsillo independiente. Sus ganancias provienen del excedente extraído del trabajo vivo y del trabajo acumulado históricamente por la clase trabajadora. Ese mismo excedente es el que hoy se recicla como deuda para financiar la guerra. Es el trabajo social convertido en destrucción.

En ese sentido, el detrimento en beneficios para la clase obrera en Estados Unidos apunta hacia una escala mayor y abre paso a condiciones de confrontación social. Aumentan las necesidades materiales mientras se desvían recursos hacia fines improductivos. No solo se miente cuando se promete alivio contributivo a la clase trabajadora, también se oculta el destino real de esos recursos. El sistema capitalista construye la ilusión de que las empresas sostienen el Estado, cuando en realidad es el trabajo social el que sostiene tanto al Estado como a las corporaciones y sus guerras.

En esta semana, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha solicitado al Congreso de Estados Unidos un fondo de emergencia de 200,000 millones de dólares para escalar la guerra contra Irán. Mientras tanto, el gobierno federal ya destina cerca de 1,000 millones de dólares diarios a esta ofensiva. No se trata de una desviación, es la lógica del sistema funcionando.

El presupuesto del Departamento de la Defensa supera los 800,000 millones de dólares anuales, representando cerca de la mitad del gasto militar global. Este flujo masivo de dinero se concentra en corporaciones del complejo militar industrial como Raytheon Technologies, Lockheed Martin y Northrop Grumman, cuyos ingresos dependen directamente de la continuidad de la guerra.

A este entramado se suman las compañías de inteligencia artificial, que hoy juegan un papel clave en la vigilancia, el análisis de datos y la planificación militar. Estas empresas no solo participan, sino que se benefician directamente de la guerra, integrándose a una nueva fase del complejo militar industrial donde la tecnología y la guerra se fusionan como negocio.

Mientras estas corporaciones acumulan riqueza sin límites, el mismo Estado que financia esas ganancias ejecuta recortes brutales contra la clase trabajadora. En el segundo mandato de Trump, la llamada “One Big Beautiful Bill Act” recorta cerca de 1,000,000 millones de dólares en Medicaid y cientos de miles de millones en asistencia alimentaria SNAP, además de reducir fondos para vivienda, desarrollo comunitario y servicios esenciales. Esto se traduce en millones de personas perdiendo acceso a salud, alimentación y apoyo básico para sobrevivir. No es solo un ajuste presupuestario, es un mecanismo directo de empobrecimiento. Esos servicios representan condiciones mínimas de vida para la clase trabajadora, y al ser recortados, se empuja a millones hacia mayor precariedad, hambre y enfermedad.

Aquí se revela la contradicción central. El dinero que se le quita a las comunidades más vulnerables no desaparece, se redirige. Proviene del trabajo de la clase trabajadora, extraído mediante contribuciones, y es transferido hacia los capitalistas a través del gasto militar, contratos y subsidios. Se le quita a quienes dependen de servicios básicos para vivir y se le entrega a quienes se enriquecen con la guerra. Es una redistribución inversa, donde la riqueza fluye desde abajo hacia arriba.

Mientras estas corporaciones acumulan ganancias, la clase trabajadora enfrenta el deterioro de sus condiciones de vida. Y aunque en Estados Unidos este impacto se amortigua por su posición dominante en la economía global, la realidad es distinta en el resto del mundo. En países como Sri Lanka se ha reducido la jornada laboral a cuatro días por la escasez de combustible, limitando la movilidad y la vida cotidiana. Las clases trabajadoras del Sur global cargan con el peso más brutal de esta guerra.

La escalada continúa sin un final claro. Israel, con apoyo de inteligencia estadounidense, ha atacado infraestructura energética clave en Irán. Esto ocurre mientras Irán responde con un bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo y gas natural del mundo. Esto ha generado un aumento global en los precios del combustible y ha profundizado la crisis del costo de vida.

Esta guerra no cuenta con apoyo popular en Estados Unidos. Ha sido impulsada mediante desinformación y medias verdades por la administración de Trump, junto a figuras como Marco Rubio y otros actores del poder. Se intentó justificar como un cambio de régimen en Irán, pero no hubo tal cambio. El poder se mantuvo dentro de la misma estructura, evidenciando el fracaso de esa narrativa.

Entonces surge la pregunta central. ¿Para quién es esta guerra? La administración de Trump no ha ofrecido una justificación válida al pueblo. Más allá de alimentar el complejo militar industrial y el capital financiero, esta guerra responde a la agenda expansionista del gobierno de Israel bajo Benjamín Netanyahu.

En esta semana, Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, presentó su renuncia denunciando abiertamente esta realidad al afirmar que “Irán no presentaba una amenaza inminente para nuestra nación y es evidente que iniciamos este conflicto debido a la influencia de Israel y su considerable lobby en Estados Unidos.” Esta declaración revela fisuras dentro del propio aparato estatal y confirma que esta guerra no responde a una amenaza real, sino a intereses geopolíticos.

Mientras tanto, el propio Donald Trump intenta sostener una narrativa desconectada de la realidad al afirmar sobre el despliegue de tropas que tiene un respaldo total, asegurando que incluso encuestas lo colocan con apoyo absoluto. Esta postura no solo evidencia desconexión, sino la incapacidad de justificar una guerra que no cuenta con apoyo popular.

Trump no sabe cómo salir de esta guerra. Para imponer un cambio de régimen no basta con bombardeos ni con eliminar figuras del liderato. La lógica del imperialismo empuja inevitablemente hacia una escalada con tropas en tierra, incluyendo la toma de puntos estratégicos como la isla de Kharg en el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. La isla de Kharg es un punto clave de trasbordo y transporte de petróleo y gas licuado de Irán, y su control permitiría forzar la reapertura del estrecho de Ormuz. La historia es clara. Fue así con George W. Bush y las mentiras sobre armas de destrucción masiva. Fue así con Obama en Libia, donde un cambio de régimen terminó en destrucción total. Fue así con los ataques con drones en Iraq y Siria que dejaron civiles inocentes muertos.

Una vez más, Trump engaña a su propia base. No ha bajado el costo de vida como prometió y tampoco ha sido el presidente de paz que dijo ser. ¿Dónde está el America First? ¿Dónde está el fin de las guerras sin fin? La realidad es otra. Los hijos e hijas de la clase trabajadora, incluyendo quienes votaron por él, serán los enviados a esta guerra y quienes pagarán con sus vidas.

Lo que queda al descubierto es una estructura de poder que utiliza la guerra como mecanismo de acumulación. Mientras tanto, la clase trabajadora en Estados Unidos y en el resto del mundo paga el precio.

El activismo expresa el rechazo inmediato, pero no es suficiente. Hace falta organización independiente de la clase obrera, fuera de los partidos de la burguesía. Desde los centros de trabajo hay que levantar comités de trabajadores y trabajadoras, discutir un programa político propio y coordinar la lucha. Solo así podemos enfrentar esta guerra que nos empobrece y construir una respuesta colectiva desde Estados Unidos y Puerto Rico.

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