Guerra imperial y cinismo político: Trump, Israel y la nueva escalada contra Irán

por Editorial Nexo Revolucionario Media

Bajo el lenguaje de la seguridad nacional, Washington vuelve a encender la maquinaria de guerra imperial junto a Israel, empujando a Medio Oriente hacia una escalada peligrosa mientras la clase trabajadora paga el precio de los conflictos del capital.

Trump vuelve a envolver la maquinaria de guerra del imperialismo estadounidense en el lenguaje gastado de la “seguridad nacional”. Pero esto es una guerra por elección. No existe ninguna amenaza directa contra Estados Unidos. Según su propio mensaje, el ataque contra Irán se justificaba para “proteger al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes del régimen iraní”.

La fórmula es conocida. Cambian los nombres de los países, cambian los presidentes, pero el guion es el mismo: fabricar una amenaza, invocar la defensa de la patria y lanzar una nueva guerra.

Esta vez el anuncio llegó desde Truth Social. Trump informó que Estados Unidos había atacado a Irán junto a Israel, golpeando varios puntos en Teherán y otras ciudades. La operación, bautizada con el nombre casi caricaturesco de “Epic Fury”, se presentó como una ofensiva “masiva y en curso” para impedir que Irán amenace a Estados Unidos y a sus aliados.

Nombres infantiles para operaciones militares que pueden costar cientos o miles de vidas.

Detrás de ese lenguaje de propaganda hay una realidad mucho más cruda: guerra, sangre, civiles muertos y soldados enviados a morir por intereses que no son los de la clase trabajadora. Para añadir aún más al descaro, Trump envió su mensaje al país desde la comodidad de su mega resort de lujo en Mar-a-Lago, desde donde dirigió el ataque conjunto con Israel.

Y hay una ironía brutal detrás de la escena: el mismo Trump que hoy habla de guerra es el que, gracias al poder económico de su familia cuando era joven, logró evitar ser enviado a Vietnam. Mientras otros jóvenes de origen obrero eran enviados al frente, él esquivó la guerra. Ahora aparece frente al país con una gorra que dice “USA”, como si estuviera animando un evento deportivo, preparando al pueblo estadounidense para una guerra prolongada donde quienes realmente estarán en riesgo serán, una vez más, los hijos e hijas de la clase trabajadora.

La escalada imperial que preparó el terreno

El actual conflicto tampoco surgió de la nada. Ya en junio de 2025 Washington había escalado la confrontación con la llamada Operación Midnight Hammer, un ataque directo contra instalaciones nucleares iraníes en Fordo, Natanz e Isfahan. Utilizando bombarderos B-2 y bombas “bunker buster”, Estados Unidos golpeó infraestructura subterránea que, según su narrativa oficial, formaba parte del programa nuclear iraní.

Aunque los ataques provocaron daños severos, tampoco lograron eliminar el programa nuclear. Lo que sí lograron fue algo mucho más predecible: profundizar la confrontación regional, alimentar la espiral militar y preparar el terreno político para futuras operaciones.

Lo más revelador es que la escalada actual ocurrió incluso mientras existían canales diplomáticos abiertos. Mientras Estados Unidos e Israel lanzaban la operación Epic Fury el 28 de febrero de 2026, Irán participaba en negociaciones nucleares indirectas con Washington en Omán. Según el propio mediador omaní, hasta el 26 y 27 de febrero se habían reportado avances importantes y un posible acuerdo estaba “al alcance”.

Sin embargo, la administración Trump rechazó continuar el proceso al exigir concesiones totales sobre el enriquecimiento de uranio, el programa de misiles y la política regional iraní. En lugar de continuar las conversaciones que mostraban progreso sustancial, la Casa Blanca optó por los bombardeos. Una vez más, la diplomacia estadounidense funcionó como fachada mientras se preparaba la fuerza militar, confirmando el patrón histórico de una política exterior que negocia con una mano mientras ataca con la otra.

La pregunta es inevitable: ¿qué otro país confiará en negociar con Estados Unidos cuando sus negociaciones pueden convertirse, de un momento a otro, en el preludio de una guerra?

El bombardeo no tardó en mostrar su verdadero rostro. Uno de los misiles israelíes impactó una escuela de niñas en Teherán, dejando decenas de estudiantes muertas. Mientras las cadenas de televisión hablan de “objetivos estratégicos”, lo que explota en el terreno son barrios, hospitales, escuelas y comunidades trabajadoras. La guerra imperialista siempre cae primero sobre los más vulnerables.

Y queda al descubierto la hipocresía del discurso oficial. Mientras Estados Unidos habla de proteger su seguridad nacional y defender supuestos valores patrióticos, demuestra una vez más cuáles son sus verdaderos valores: la guerra y la muerte de civiles que para ellos se reducen a “daños colaterales”. Al igual que Israel contra Palestina, la maquinaria militar imperial no muestra ningún interés real por las vidas de niños, niñas o inocentes.

Decapitación del liderazgo iraní y riesgo de guerra regional

Los ataques también alcanzaron el centro del poder iraní. El líder supremo, el ayatolá Khamenei, luego de varias horas de batalla mediática entre distintas fuentes, fue oficialmente declarado muerto junto a gran parte de su familia inmediata y sectores de su liderazgo militar, religioso y político.

Este anuncio ha desencadenado una ola de indignación en la región, porque más que un líder político, Khamenei,era considerado el líder supremo chiita, la máxima autoridad espiritual de este sector del islam.

Hezbollah en el Líbano y comunidades chiitas en la región, por ejemplo en Pakistán, han condenado la muerte de su líder supremo. Esto ha escalado aún más la tensión regional, donde muchos de estos sectores más radicales están jurando venganza por la muerte de su líder en manos de Israel y Estados Unidos.

La Guardia Revolucionaria iraní prometió una “venganza dura, decisiva y lamentable” contra Israel y contra bases estadounidenses en Medio Oriente.

La operación fue presentada como una acción conjunta entre Estados Unidos e Israel, aunque Israel disparó primero. Pero el problema va más allá de una simple coordinación militar. Lo que estamos viendo es la subordinación abierta de la política exterior estadounidense a la estrategia expansionista del sionismo.

Trump, rodeado de figuras como Stephen Miller y Pete Hegseth, actúa como ejecutor político de una agenda que busca consolidar el dominio regional de Israel y aplastar cualquier poder que pueda desafiarlo.

No se trata solamente de Irán. Este conflicto se conecta con una disputa geopolítica mayor. Cortar el flujo de petróleo iraní significa también golpear directamente a China, el mayor comprador de ese crudo. La guerra imperialista siempre tiene múltiples objetivos: reconfigurar mercados energéticos, controlar rutas comerciales y reforzar la dominación estratégica sobre regiones enteras.

La respuesta iraní no se hizo esperar. Teherán lanzó una ola de misiles y drones contra territorio israelí y contra al menos 27 bases estadounidenses en la región, incluyendo instalaciones en países del Golfo como Qatar y Arabia Saudita. Este ataquea tiene consecuencias directas: al menos tres militares estadounidenses murieron y decenas resultaron heridos, varios de ellos de gravedad, mientras informes militares indican que los daños a la infraestructura de esas instalaciones podrían ser mayores de lo que el gobierno de Trump ha reconocido públicamente.

Sin embargo, la espiral de escalada continúa. Irán anunció que podría bloquear el estrecho de Hormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial, un paso estratégico que sostiene una parte crucial de la cadena de distribución energética global. Si esa amenaza se concreta, las consecuencias económicas y geopolíticas se sentirían en todo el sistema capitalista mundial.

Entre el imperialismo y la teocracia: la clase trabajadora atrapada

Pero hay otra pregunta que expone la hipocresía del sistema político estadounidense: ¿por qué Trump no anunció esta guerra frente al Congreso durante el discurso del Estado de la Unión?

La respuesta es simple. Porque ni siquiera la democracia burguesa estadounidense funciona cuando se trata de guerra.

Una vez más, un presidente de Estados Unidos inicia una guerra sin autorización congresional. Lo hizo George W. Bush. Lo hizo Barack Obama. Ahora lo hace Trump. La supuesta división de poderes, que se presenta como ejemplo de democracia para el resto del mundo, se evapora cuando entran en juego los intereses del complejo militar, de las corporaciones energéticas y de la geopolítica imperial.

Este es el mismo país que pretende dar lecciones de democracia mientras ignora sus propios mecanismos institucionales cuando decide bombardear otro país.

Y una vez más queda demostrado que el orden internacional, y las instituciones que supuestamente velan por los intereses de las naciones , como la ONU, se han vuelto obsoletas. No pueden evitar que un gobierno como el de Estados Unidos, cuya economía depende profundamente de la industria de guerra, actúe sin consecuencias por el mundo violando la autodeterminación y la soberanía de otros países.

Pero tampoco debemos caer en la trampa de ver este conflicto como una lucha entre “democracia” y “resistencia”. El régimen iraní no representa una alternativa emancipadora para su pueblo. Está basado en una oligarquía teocrática vinculada al petróleo, al gas y al control de rutas comerciales estratégicas.

Tampoco se puede olvidar que Irán mantiene a su clase trabajadora reprimida bajo un aparato estatal donde el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la policía moral funcionan como pilares del control político y social.

La clase trabajadora de Irán se encuentra atrapada entre dos fuerzas que no representan sus intereses: el imperialismo estadounidense y el expansionismo israelí por un lado, y un régimen nacionalista burgués que utiliza el discurso antiimperialista mientras mantiene su propio sistema de dominación interna.

Trump incluso ha llamado abiertamente a los iraníes a “tomar el control de su gobierno”. Pero ese llamado no busca la autodeterminación del pueblo iraní. Busca instalar un gobierno alineado con los intereses estratégicos de Washington y de Tel Aviv.

Desde que se anunció la muerte de Khamenei la caída del régimen iraní no ha ocurrido como apostaban Trump, Netanyahu y sus aliados.

Entonces surge otra pregunta inevitable: ¿cuál será el próximo paso?
¿Tropas estadounidenses en Irán?
¿Una invasión terrestre conjunta con Israel?
¿Un nuevo Irak o Afganistán?

La verdadera autodeterminación de los pueblos no se define en los despachos de la Casa Blanca ni en los palacios de los ayatolás. La autodeterminación real se ancla en las necesidades de las mayorías trabajadoras.

Por eso la clase obrera internacional no debe alinearse con ninguno de los polos burgueses en esta guerra.

Ni con el imperialismo estadounidense y su aliado israelí.
Ni con las élites nacionalistas que utilizan el conflicto para preservar su propio poder.

La alternativa solo puede surgir de la independencia política de la clase trabajadora y de la construcción de un movimiento internacional capaz de oponerse a las guerras del capital.

Mientras tanto, una tarea inmediata se vuelve clara: el pueblo de Estados Unidos debe hacerse sentir en las calles contra esta guerra.

Los trabajadores de Irán, de Estados Unidos, de Palestina y del mundo comparten el mismo enemigo: un sistema que convierte a los pueblos en carne de cañón para sostener los privilegios de una minoría.

Frente a la barbarie imperialista y frente a las falsas alternativas burguesas, la única salida real sigue siendo la misma: la organización independiente de la clase trabajadora y la construcción de un movimiento revolucionario internacional capaz de poner fin a las guerras del capital.

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