Crisis energética en el Caribe: imperialismo, bloqueo y solidaridad de la clase trabajadora
Sectores de la clase trabajadora petrolera en Brasil han exigido que Petrobras evalúe suministrar petróleo a Cuba para ayudar a enfrentar la crisis energética agravada por el bloqueo.
La iniciativa demuestra que quienes producen la energía también comprenden su dimensión política: los recursos estratégicos pueden servir para la dominación imperial o para la solidaridad entre los pueblos.
por Manuel Colón
En el escenario actual del Caribe se revela con claridad un conflicto político fundamental: de un lado, el imperialismo que utiliza la energía como instrumento de dominación; del otro, la capacidad de la clase trabajadora para organizar la solidaridad entre los pueblos. Entre ambos polos aparece un tercer actor que constantemente intenta mediar sin romper con el sistema: el reformismo, que proclama cambios pero termina preservando el orden existente.
El imperialismo estadounidense ha dejado de ocultar sus intenciones. Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre una posible “toma amistosa de Cuba” no son simples provocaciones retóricas; reflejan una lógica colonial que pretende decidir el destino de otros pueblos. El propio Trump lo expresó sin rodeos: “Están en un gran problema... No tienen dinero. No tienen nada ahora mismo. Pero están hablando con nosotros, y tal vez tengamos una toma de control amistosa de Cuba”.
Estas palabras revelan la esencia de la política imperial. No se trata de cooperación ni de diplomacia, sino de la pretensión de controlar el destino político y económico de una nación soberana. Y surge una pregunta inevitable: ¿se puede confiar en una administración que habla de “conversaciones” mientras mantiene el bloqueo y la presión económica? Más aún cuando esa misma administración ha demostrado en otros escenarios que negocia mientras prepara ataques militares, como ocurrió cuando, en medio de conversaciones con Irán, lanzó operaciones junto a Israel en Medio Oriente.
La lógica imperial es clara: transformar la energía en un instrumento de chantaje geopolítico. Al restringir el suministro de petróleo a Cuba y amenazar con sanciones a los países que cooperen con la isla, Washington intenta consolidar su dominio sobre el Caribe y evitar que otras potencias o alianzas regionales alteren ese equilibrio. No se trata solo de Cuba, sino de mantener el hemisferio bajo control estratégico.
Pero el Caribe no vive simplemente una “crisis energética”. Vive una guerra geopolítica donde las potencias se disputan territorios, recursos y rutas estratégicas. Mientras China financia proyectos de energías renovables en Cuba bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta, Estados Unidos intenta sostener su control sobre el mercado petrolero y presiona a la región para limitar la presencia china en sectores estratégicos.
La disputa se expresa en toda la región. En República Dominicana, China ya es uno de los principales socios comerciales, mientras Washington presiona para bloquear su entrada plena en áreas estratégicas como telecomunicaciones e infraestructura. El Caribe posee capacidad energética para desarrollarse, pero permanece subordinado al mercado estadounidense y a una lógica de extracción donde el petróleo y el gas natural siguen siendo fuentes de ganancias para el capital internacional.
Frente a esta agresión, las instituciones internacionales y regionales han demostrado una vez más su incapacidad para detener la barbarie imperialista. La llamada comunidad internacional, estructurada sobre los intereses de las grandes potencias y del capital global, permanece inmóvil ante un bloqueo que golpea directamente la vida cotidiana del pueblo cubano.
En ese vacío político aparece el papel ambiguo del reformismo. Gobiernos que se presentan como progresistas o de izquierda proclaman discursos de soberanía y cooperación regional, pero en la práctica evitan confrontar los intereses del capital y del imperialismo. El caso de Brasil lo ilustra con claridad. A pesar de su discurso integracionista, el gobierno de Lula evita dar pasos que puedan afectar sus relaciones económicas con Estados Unidos o alterar el flujo de capital que sostiene a la burguesía nacional.
La contradicción es evidente: la capacidad material para ayudar existe, pero la voluntad política no. Cuba necesita aproximadamente 100.000 barriles de petróleo diarios para sostener servicios esenciales como la generación eléctrica y el transporte, mientras Petrobras produce alrededor de 2,4 millones de barriles por día. Cubrir las necesidades energéticas de la isla requeriría apenas cerca del cuatro por ciento de la producción brasileña. No es un problema técnico ni económico; es una decisión política.
Según la revista Forum, representantes de la Federación Unificada de Trabajadores Petroleros (FUP), de la Federación Nacional de Trabajadores Petroleros (FNP) y del Movimiento Brasileño de Solidaridad con Cuba entregaron el 26 de febrero una carta a la presidenta de Petrobras, Magda Chambriard, solicitando que la empresa evalúe la posibilidad de suministrar petróleo y derivados a Cuba.
Este gesto demuestra que quienes producen la energía comprenden también su dimensión política. Mientras los gobiernos reformistas calculan costos diplomáticos y financieros, sectores organizados de la clase trabajadora plantean la posibilidad concreta de romper el cerco energético mediante la cooperación entre pueblos.
Al mismo tiempo, Cuba busca alternativas para enfrentar el bloqueo. La Unión Eléctrica ejecuta un programa de instalación de cinco mil sistemas fotovoltaicos de dos kilovatios donados por la República Popular China con el objetivo de diversificar la matriz energética y garantizar servicios esenciales durante la crisis. Más de dos mil seiscientos de estos sistemas se han destinado a centros vitales en todos los municipios del país, mientras el resto se instalará en viviendas aisladas, incluyendo comunidades que nunca han tenido acceso a electricidad, según reporta el periódico Granma.
Aquí emerge el verdadero contraste histórico. El imperialismo utiliza la energía para dominar y estrangular pueblos. Los reformistas intentan administrar el sistema sin romper con él. Pero la clase trabajadora, cuando actúa de manera consciente, puede transformar la energía en un instrumento de solidaridad entre los pueblos.
Esta diferencia señala una cuestión central sobre la democracia. Las instituciones burguesas hablan de democracia mientras toleran el bloqueo y la coerción imperial. Pero cuando los trabajadores intervienen directamente en la producción y en las decisiones sobre los recursos estratégicos, aparece una forma superior de democracia: una democracia basada en las necesidades humanas y no en la acumulación de capital.
El gesto de los trabajadores brasileños es pequeño en apariencia, pero enorme en significado histórico. Han dado un primer paso al convertir la lucha contra el bloqueo en una cuestión de clase. Si esa iniciativa se multiplica en Puerto Rico, Estados Unidos, México, Venezuela, Colombia, República Dominicana, Panamá y en todo el Caribe, la solidaridad energética puede convertirse en una fuerza material capaz de romper el cerco imperial.
El imperialismo propone barbarie y saqueo. El reformismo propone administrar esa barbarie con un rostro más amable. Pero la clase trabajadora puede abrir un camino distinto: transformar los recursos estratégicos del mundo en instrumentos de cooperación, soberanía y democracia real entre los pueblos.