Por la solidaridad internacional en la organización política de la clase obrera

Por Isabelino Montes

En estos tiempos en que se derrumba el modo de producción capitalista como orden económico incapaz de satisfacer las necesidades de las mayorías trabajadoras, la solidaridad entre los países adquiere matices que no pueden ser ignorados. Las masas trabajadoras hemos visto con claridad los ajustes que ejecutan los Estados capitalistas para restablecer un orden en crisis, así como los esfuerzos desesperados por resistir una caída que se vuelve cada vez más evidente. En esa resistencia, los países dirigentes del capital, como Estados Unidos, se ven obligados a intensificar su carácter represivo para asegurar el control de aquellas áreas donde aún necesitan reproducir capital.

No se trata de una forma de operar moderna: la represión es una constante del sistema, pero en momentos donde se agudiza la contradicción entre el capital y el trabajo asalariado donde por su lógica contradictoria el crecimiento de uno implica la desvalorización del otro ese aparato represivo resurge con toda su fuerza, tal como estamos presenciando.

Es en este escenario que la solidaridad de los pueblos se vuelve una necesidad histórica. Diferentes organizaciones de izquierda, partidos políticos revolucionarios, organizaciones sin fines de lucro e incluso gobiernos de países como China, México y Rusia han comenzado a enviar suministros hacia Cuba para atender la crisis provocada por la nueva fase del bloqueo estadounidense contra la isla.

Este bloqueo recrudecido no solo asfixia la economía cubana, sino que introduce nuevas amenazas, como la imposición de aranceles adicionales a cualquier país que envíe o negocie combustible con Cuba, profundizando así su aislamiento.

Ante esta ofensiva, las instituciones políticas internacionales han demostrado su carácter inoperante. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas se limitan a la burocracia diplomática, incluso negociando con sectores reaccionarios, en una ironía histórica evidente si recordamos que esta institución surgió tras las atrocidades de la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, provocadas por el fascismo y el nazismo de Adolf Hitler. Hoy, frente a nuevas formas de agresión imperialista, esos organismos se muestran incapaces de actuar con la misma determinación que proclamaron en su origen.

En aquel contexto histórico existía una oposición real al bloque capitalista: la Unión Soviética. La presión ejercida por ese bloque, junto a la movilización de los pueblos, permitió la creación de organismos internacionales y reformas en materia de derechos humanos que tuvieron efectos inmediatos. Aquella solidaridad marcó un avance importante, pero su capacidad de resistencia a largo plazo fue limitada, en gran medida porque ese polo soviético fue debilitado, dejando sin contrapeso efectivo a las potencias capitalistas. Hoy, esa presión internacional prácticamente no existe, y con ella se ha debilitado la capacidad de frenar agresiones como el bloqueo económico a Cuba.

Esta realidad obliga a profundizar en el tipo de solidaridad que exige el momento histórico actual. Si bien los gestos solidarios como el envío de artículos de primera necesidad son necesarios, importantes y revolucionarios, también es cierto que el carácter de clase de estas acciones ha sido en gran medida pospuesto. En la dinámica que impone la realidad material, se hace imprescindible retomar el contenido ideológico de la acción política. La solidaridad no puede quedarse en el plano asistencial: debe transformarse en una herramienta de organización consciente de la clase trabajadora.

Aunque hoy no exista un bloque revolucionario sólido a escala global, es posible identificar en Cuba una referencia clave. La clase trabajadora cubana, que ha resistido los ataques constantes del imperialismo estadounidense, junto a su dirección política, continúa siendo una esperanza revolucionaria para la clase obrera internacional. En este contexto, Cuba puede aprovechar este momento para elevar un mensaje claro: la necesidad de la unidad de la clase obrera más allá de fronteras, idiomas o nacionalidades, bajo la consigna de “solidaridad y unidad de voluntad y acción” del proletariado a nivel mundial.

La solidaridad que hoy se expresa hacia Cuba también ha reactivado un elemento fundamental: la participación de jóvenes con un fuerte entusiasmo por transformar las estructuras de desigualdad que el capitalismo reproduce a escala global. Cuba, con su experiencia histórica, tiene la posibilidad de reincorporar la concepción de la solidaridad proletaria internacional, elevando la conciencia política de estos sectores y orientándolos hacia una comprensión más profunda de la lucha de clases. Se trata de enfatizar que la clase obrera constituye una sola clase a nivel mundial, cuyas condiciones materiales de explotación son objetivamente comunes, y cuya emancipación solo puede alcanzarse de manera internacional, en oposición tanto a la burguesía nacional como al nacionalismo burgués en general.

Esta perspectiva resulta aún más urgente si se considera que el llamado “socialismo del siglo XXI” diluyó la centralidad de la lucha de clases como motor revolucionario, debilitando el papel histórico de la clase obrera en la toma del poder. En este contexto, Cuba tiene la posibilidad de recuperar ese horizonte ideológico y proyectarlo hacia una nueva generación de luchadores y luchadoras.

El desarrollo de las fuerzas productivas a escala mundial ha roto los límites económicos nacionales. Las cadenas de producción globales evidencian que el trabajo social se encuentra profundamente interconectado, uniendo al proletariado en un proceso colectivo de creación de riqueza que, sin embargo, continúa siendo apropiada de forma privada por el capital. Esta contradicción es especialmente visible en el Caribe, una región sometida a los intereses energéticos capitalistas y a los mercados internacionales del petróleo, lo que refuerza la necesidad de una respuesta conjunta de los trabajadores y trabajadoras.

La socialización material del trabajo implica que el proletariado existe como una clase mundial, y que solo una acción unitaria internacional está a la altura del desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas. Por ello, la solidaridad no debe ser entendida como un complemento moral, sino como una forma organizativa y estratégica indispensable para intervenir en una economía globalizada.

En este sentido, se plantea una tarea concreta: la creación de comités de trabajadores y trabajadoras del sector energético en el Caribe y las Antillas. Los grupos de izquierda de Estados Unidos y demás que actualmente se encuentran en Cuba pueden regresar a su país con una visión renovada, orientada a la construcción de una unidad política concreta que permita avanzar hacia formas de organización internacional democráticas, dirigidas por la clase obrera.

Si esta perspectiva es asumida por la clase trabajadora en países como Venezuela, México, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Nicaragua, Jamaica e incluso regiones como Florida en Estados Unidos, estaríamos ante la posibilidad real de constituir una fuerza política energética con capacidad de enfrentar las limitaciones impuestas por los mercados capitalistas.

Las instituciones internacionales, como la ONU, han demostrado no servir a los intereses de la clase obrera. Sin embargo, en medio de la descomposición del capital, aún existen bases para la organización. Aunque no se cuente con un bloque como la Unión Soviética, se cuenta con la experiencia de Cuba y con la posibilidad de reconstruir la solidaridad proletaria internacional en la región caribeña. Sobre esa base, la clase trabajadora puede avanzar hacia formas de organización política independientes de los partidos burgueses y de sus estructuras de poder, sentando así las bases de una nueva etapa en la lucha internacional.

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