La "trad wife": patriarcado, clase y el negocio de la subordinación femenina

Por Miranda Marimer

Desde una perspectiva feminista y de justicia social, la idealización de la “mujer tradicional” no es inocente. Es un intento de romantizar estructuras históricas de desigualdad, dependencia económica y subordinación femenina. Ningún modelo de vida es problemático cuando nace de una elección libre, consciente y con alternativas reales. El problema comienza cuando un solo rol se presenta como moralmente superior y se ignoran las consecuencias que ese modelo ha tenido para millones de mujeres.

La exaltación de la sumisión, la renuncia al poder político y la dependencia total del esposo borra una realidad incómoda: durante generaciones, innumerables mujeres han vivido atrapadas en matrimonios abusivos, pobreza, aislamiento y falta de autonomía. La liberación femenina no consiste en obligar a todas las mujeres a vivir de una sola manera. Consiste en defender el derecho de cada una a decidir sobre su educación, su trabajo, su cuerpo, su participación política y su propio proyecto de vida sin coerción religiosa, cultural ni económica. Por eso, cualquier discurso que quiera quitar derechos ya conquistados tiene que analizarse como lo que es: una cuestión de género, de poder y también de clase.

En los últimos años, figuras conservadoras e influencers vinculadas al movimiento “trad wife” han vendido una versión idealizada de la mujer tradicional. En eventos conservadores celebrados en Texas y en espacios asociados con Turning Point USA, bajo el liderazgo de Erika Kirk, se ha repetido la idea de que el hombre debe ser el líder espiritual y la autoridad principal del hogar, mientras que el propósito de la mujer estaría principalmente en la maternidad, el matrimonio y la vida doméstica.

Dentro de estos mismos círculos, algunas influencers han defendido ideas como el “household voting” o “voto por hogar”, un sistema en el que la familia tendría un solo voto representado por el esposo. Esto no es una conversación inocente sobre estilos de vida. Es volver a cuestionar el sufragio femenino y el derecho de las mujeres a tener voz política propia.

También se repiten otros argumentos: que el feminismo destruyó la familia, que una mujer con carrera está menos realizada, que las mujeres dependen demasiado del Estado y que la sociedad debería regresar a estructuras familiares más jerárquicas. En otras palabras, se presenta la desigualdad como orden natural y la obediencia femenina como virtud.

Pero estos discursos no surgen de la nada. Están profundamente influenciados por sectores del cristianismo nacionalista estadounidense, que buscan restaurar un orden social basado en jerarquías rígidas de género, religión y familia. También reflejan dinámicas claras de privilegio racial y económico. Muchas de las mujeres que promueven este estilo de vida son blancas, de clase media o alta, con acceso a dinero, plataformas digitales, seguridad económica y redes de apoyo.

Ellas pueden convertir la domesticidad en contenido, la sumisión en una marca y la vida tradicional en un negocio rentable. Pueden abandonar el mercado laboral porque ya tienen recursos. Pueden grabar videos sobre obediencia mientras cuentan con empleados, contratos, asistentes y libertad financiera. Pueden predicar que la mujer debe retirarse de la esfera pública mientras ellas mismas construyen carreras públicas, participan en política, crean empresas y ejercen influencia social.

Ahí está la contradicción: ganan poder diciéndoles a otras mujeres que renuncien al suyo.

Mientras tanto, se promueve que la mujer trabajadora se aleje de la participación política, de la organización social y de los espacios donde se disputan las decisiones que afectan su vida. Ese retiro no elimina las desigualdades ni hace desaparecer el poder; simplemente permite que siga concentrado en manos de quienes ya lo poseen. Mientras las mujeres obreras son confinadas al ámbito exclusivamente doméstico, las mujeres de las élites económicas y políticas continúan ocupando posiciones de influencia, impulsando agendas y moldeando el rumbo de la sociedad desde distintos proyectos ideológicos. Así, la exclusión política de unas termina fortaleciendo el poder de otras y perpetuando las mismas estructuras de clase y género que este modelo dice defender.

La figura de la “trad wife” se presenta en redes sociales como una fantasía romántica: vestidos bonitos, pan recién horneado, casas impecables, maternidad perfecta y una vida aparentemente tranquila. Pero para millones de mujeres pobres, esa realidad no ha significado paz ni realización. Ha significado dependencia económica, falta de autonomía, imposibilidad de escapar de matrimonios abusivos, aislamiento, depresión, sueños abandonados y una carga interminable de trabajo doméstico y crianza no remunerada.

Muchas mujeres permanecen en relaciones violentas no porque crean que ese modelo es hermoso, sino porque no tienen dinero, apoyo familiar, vivienda, cuidado infantil ni una ruta segura para irse. Otras sacrifican sus estudios, su independencia y su salud mental para sostener familias que no les ofrecen seguridad ni bienestar.

Por eso, el romanticismo de la “trad wife” es, muchas veces, un performance privilegiado. Es fácil idealizar la dependencia económica cuando se tiene dinero propio, una plataforma, contactos y la posibilidad de salir de esa vida en cualquier momento. Para una mujer rica puede ser una estética. Para una mujer pobre puede ser una prisión.

La historia demuestra que los derechos políticos, económicos y civiles de las mujeres no aparecieron por arte de magia. Fueron conquistados gracias a décadas de luchas feministas y movimientos sociales que entendieron algo fundamental: la dependencia económica y la subordinación legal hacen a las mujeres más vulnerables al abuso y al control.

Las iglesias evangélicas y pentecostales conservadoras también han desempeñado un papel importante en la difusión de este modelo. No se trata de todas las iglesias ni de todas las personas creyentes. Pero en muchos de estos espacios, la subordinación femenina no se presenta como una opinión política, sino como un mandato de Dios.

Desde el púlpito se enseña que el hombre debe ser la cabeza, la autoridad espiritual y el proveedor, mientras que la mujer debe ser obediente, sacrificada, modesta, maternal y responsable de mantener unido el hogar, incluso cuando ese hogar la está destruyendo. Encuestas entre líderes evangélicos han encontrado un fuerte apoyo a la idea de que el hombre debe dirigir espiritualmente el matrimonio y la familia. También se ha documentado que sectores del evangelicalismo blanco otorgan una importancia especial al matrimonio, la procreación y los roles tradicionales de género como prioridades sociales.

Así es como una jerarquía patriarcal se disfraza de “orden bíblico”. A la mujer se le enseña a confundir obediencia con virtud, silencio con sabiduría y aguantar con tener fe.

Cuando una mujer denuncia maltrato, muchas veces no se le pregunta cómo protegerla. Se le pregunta si ha orado suficiente, si está respetando a su esposo o qué puede hacer ella para salvar el matrimonio. El fracaso del hombre termina convertido en una responsabilidad espiritual de la mujer. Ella tiene que orar más, someterse más, perdonar más y soportar más.

De esa manera, ciertas iglesias no solo predican la idea de la mujer tradicional. También producen culpa, miedo y presión comunitaria para mantenerla dentro de ese papel.

Este discurso religioso se conecta directamente con la maquinaria política de la ultraderecha. Organizaciones conservadoras y figuras como Erika Kirk convierten las ideas sobre autoridad masculina, maternidad y familia “bíblica” en un proyecto político contra el feminismo, los derechos reproductivos y la autonomía de las mujeres.

La prensa ha documentado cómo mujeres conservadoras vinculadas a espacios evangélicos promueven públicamente los roles tradicionales mientras participan activamente en campañas políticas y batallas culturales. El cristianismo nacionalista lleva esa lógica todavía más lejos: busca que una interpretación conservadora del cristianismo no gobierne solamente la iglesia o el hogar, sino también las escuelas, las leyes y las instituciones del Estado.

La mujer trabajadora no necesita que una influencer rica ni que un pastor le expliquen cuál es su lugar. Ella ya carga con empleos mal pagados, crianza, tareas domésticas, discriminación y, en demasiados casos, violencia. No necesita más sermones sobre sacrificarse por todos mientras nadie se sacrifica por ella.

Necesita salario digno, vivienda, cuidado infantil, educación, protección contra el abuso, acceso a la salud y libertad económica. Necesita opciones reales. Necesita poder irse cuando una relación la destruye. Necesita poder estudiar, trabajar, votar, decidir y vivir sin pedir permiso.

Por eso, la lucha feminista también es una lucha de clases. No existe verdadera libertad femenina mientras solamente las mujeres privilegiadas puedan elegir. Quedarse en casa puede ser una decisión legítima. Depender completamente de un hombre porque no existen alternativas no es libertad.

La mujer trabajadora no nació para ser sirvienta emocional, doméstica ni espiritual de nadie. No nació para cargar sola con el hogar mientras otro se queda con la autoridad. No nació para servir como escalón del poder masculino, religioso o económico.

Nació con derecho a su propia voz, a su propio dinero, a su propio futuro y a una vida que no tenga que pedirle permiso a nadie.

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