1ro de mayo: el escenario de contradicciones empeora para la clase trabajadora

Por Nexo Revolucionario Media

El potencial más grande que tiene cada primero de mayo es el ideológico y político. Esa importancia coloca este día en perspectiva: no como un simple momento de conmemoración o un folclor global reducido a una jornada simbólica de rebeldía obrera, sino como una herramienta para trazar líneas de avance concretas. Es un día que debe asumirse como punto de partida para fomentar la organización política de la clase trabajadora a nivel internacional.

En ese marco, y en un contexto donde las esperanzas de la clase obrera se vienen abajo, el primero de mayo se levanta como recordatorio histórico y político de una verdad cada vez más evidente: el capitalismo ya no sirve para satisfacer las necesidades de las mayorías que vendemos nuestra fuerza de trabajo por un salario. Desde aquellas jornadas de lucha que arrancaron conquistas como las 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de recreación, el capital no ha hecho otra cosa que reinventar sus mecanismos de dominación, reduciendo costos de producción a costa de abaratar aún más la fuerza de trabajo y concentrar enormes tasas de riqueza en manos de una minoría capitalista.

En consecuencia, reivindicar el primero de mayo es, por tanto, reivindicar a la clase obrera, atravesando el manto ideológico que impone la lógica del trabajo asalariado sobre nuestras vidas. Es reconocer que el capital y el trabajo asalariado no pueden coexistir en armonía. Es asumir que construir gobiernos de trabajadores y trabajadoras bajo la misma lógica capitalista es contrario a nuestros intereses como clase.

Desde ahí, este día nos obliga a mirar de frente la realidad: vivimos bajo la dirección de un modo de producción donde toda la riqueza excedente generada por el trabajo asalariado se utiliza para reproducir capital. Lo que queda para quienes producen esa riqueza son migajas, suficientes apenas para recomponer la fuerza de trabajo y sostener el ciclo de explotación. Es en ese límite donde la crisis se profundiza, una crisis que ya no puede ocultarse frente a las necesidades urgentes de mejorar la vida de nuestra clase.

Bajo esa realidad, no es casual que quienes poseen los medios de producción, los capitalistas, no conmemoren este día. Tampoco lo hacen sus representantes políticos, encargados de preservar esa misma lógica de explotación y de reproducir la idea de que no existe alternativa. En esa perpetuidad ideológica, la burguesía evoluciona, se diversifica y se expresa en múltiples vertientes, muchas de ellas envueltas en reformas que, aunque puedan parecer atractivas, deben ser evaluadas críticamente por la clase trabajadora.

Esa evaluación, sin embargo, no puede convertirse en una postura pasiva ni en una aceptación acrítica de reformas “simpáticas”. Por el contrario, exige elevar esas propuestas a un plano más avanzado, transformarlas en herramientas de avance político real. De ahí surge la necesidad urgente de organizarnos políticamente como clase trabajadora, de manera independiente a los partidos de la burguesía.

En ese sentido, en Estados Unidos esto implica superar el bipartidismo del Partido Demócrata y el Partido Republicano. En Puerto Rico, significa romper con el bipartidismo del Partido Nuevo Progresista y el Partido Popular Democrático. Tanto en el imperio como en su colonia, surgen vertientes reformistas que, en medio del vacío político actual, aparentan ofrecer cambios reales.

Sin embargo, cabe preguntarse qué cambio verdadero puede surgir de figuras como Bernie Sanders, Alexandra Ocasio-Cortez y su grupo, cuando permanecen dentro de un partido burgués que los bloquea sistemáticamente. Su aparente diferencia convive con la comodidad de mantenerse en estructuras electorales donde su permanencia está asegurada, lo cual revela el límite de sus propuestas.

En Puerto Rico, el Partido Independentista Puertorriqueño y su propuesta de Patria Nueva enfrentan una contradicción similar. Sin una organización política independiente de la clase trabajadora, existe el riesgo de que, en lugar de avanzar hacia una transformación real, se perpetúe una lógica reformista que limite el horizonte a una “nueva patria” sin cuestionar las bases del sistema, cuando la tarea histórica apunta hacia la construcción de una Patria Obrera.

En esa misma línea, mantenerse en alianzas con sectores de la burguesía, aunque se presenten como los más “progresistas”, significa prolongar la subordinación política de la clase trabajadora.

Bajo esas condiciones, el Primero de Mayo seguirá envuelto en el manto de las vertientes capitalistas que buscan perpetuar la apropiación de la riqueza generada por el trabajo asalariado, tanto en los centros de trabajo como en el conjunto del sistema económico.

Por eso, confiar en organismos que se presentan como representantes de la clase trabajadora, pero que operan dentro de los límites del sistema, no conmemora realmente el significado político del primero de mayo. Sin una organización independiente, continuarán proponiéndose frentes electorales que nos obligan a elegir entre distintas expresiones del mismo sistema capitalista.

En Puerto Rico, el PIP y la ya desaparecida alianza han apostado por estrategias de acumulación electoral que incluso contemplan coaliciones con el PPD. En Estados Unidos, dinámicas similares se expresan en consignas como “Power to the people”, que terminan siendo vaciadas de contenido y funcionales a la perpetuación del orden existente. En ese “pueblo” que invocan, se diluyen las contradicciones de clase y se oculta la presencia de los propios capitalistas.

Ante este panorama, este Primero de Mayo debe servir para desmontar esa ilusión: el capitalismo no es un sistema neutral ni verdaderamente democrático.

En consecuencia, los sindicatos, tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico, que aún depositan esperanzas en el ámbito electoral, tienen ante sí una disyuntiva. Pueden conmemorar este día de forma consecuente si comienzan a discutir sus propias limitaciones, reconociendo que la lucha económica, por sí sola, es insuficiente, y que es necesario transformarla en organización política de la clase trabajadora.

De ahí que este primero de mayo puede marcar el inicio de algo distinto: la constitución de comités de trabajadores y trabajadoras en centros de trabajo y comunidades.

En ese proceso, si los métodos electorales han sido heredados del sistema capitalista, deben ser reapropiados de forma directa y democrática, permitiendo que la clase trabajadora elija a sus propios representantes y los destituya cuando no respondan a los intereses de la mayoría.

Estos ensayos políticos abren una perspectiva concreta de transformación, donde la democracia deja de ser un mecanismo formal y se convierte en una herramienta real al servicio de la clase trabajadora. Son avances que han perdido vigencia precisamente por la dependencia de una política burguesa, incluso en su versión “de izquierda”, que diluye la conciencia de clase.

Sin embargo, la historia demuestra lo contrario: las conquistas más significativas de la clase trabajadora han sido producto de su organización política independiente, de su capacidad para confrontar directamente al capital y dificultar su necesidad estructural de vivir del trabajo ajeno.

Por ello, el primero de mayo es, y seguirá siendo, una jornada para mirar esa historia organizativa, una historia concreta de lucha por mejores condiciones de vida. Pero también es un llamado a avanzar hacia planos más elevados, a confrontar las contradicciones del capitalismo que hoy se expresan en guerras, pobreza, desigualdad social y divisiones por género, raza y orientación sexual.

Estas divisiones, históricamente utilizadas por la burguesía, deben ser superadas. El primero de mayo debe convertirse en el espacio donde esa superación se materialice en unidad obrera, organizada en comités de trabajadores y trabajadoras, como base para una transformación real de la sociedad.

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