Narcotráfico y capitalismo: la alianza que nadie quiere nombrar

El Caribe no es solo geografía. Es corredor. Es mercado. Es punto estratégico dentro de una economía que convierte todo en mercancía.

Por Nexo Revolucionario Media

Los titulares estallan. Informan que “El Mencho”, líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, habría sido abatido en un operativo militar. Acto seguido, civiles advertidos que no salgan de sus casas. Ataques en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara. Retaliaciones, fuego cruzado, caos. La escena se repite como libreto conocido: el Estado golpea, el cartel responde, y el pueblo queda en el medio.

Pero mientras los medios narran la guerra como si fuera una película de buenos contra malos, evitan la pregunta estructural. ¿De dónde sale el narcotráfico? ¿Por qué se reproduce? ¿Quién lo financia? ¿Quién lava su dinero? ¿Quién se beneficia realmente?

En Puerto Rico la discusión es igual de superficial. En los espacios más liberales se habla de la adicción como problema de salud pública. Y sí, lo es. Pero ese es solo un componente. En otros sectores se levanta nuevamente el llamado a la antigua mano dura, a mayor represión policial y hasta se ha traído otra vez la propuesta de eliminar la fianza como derecho, como si encarcelar más y más rápido fuera la solución mágica. Dos discursos distintos, misma limitación estructural.

La raíz es más profunda.

Organismos de seguridad en la isla reconocen que gran parte de los homicidios está vinculada a disputas por puntos de droga y al rol de Puerto Rico como corredor hacia Estados Unidos. Entre las víctimas aparecen jóvenes de 18 años o menos. Casos de cuerpos torturados y ejecutados no son anomalías aisladas, sino expresión de una economía violenta que recluta a la juventud pobre como carne de cañón.

Chamaquitos de catorce y dieciséis años ejecutados en los barrios. Niños soldados en un ejército sin uniforme. Y la reacción social muchas veces es cínica: que se maten entre ellos.

No son “ellos”. Son hijos e hijas de la clase trabajadora. Deberían estar pensando en graduarse de high, en la universidad, en proyectos de vida. Deberían estar jugando béisbol en el parque del barrio, soñando con ser el próximo jugador en el Clásico Mundial representando a Puerto Rico, con la monoestrellada en el pecho y el himno sonando fuerte. Deberían estar soñando con ser ingenieros, maestras, artistas, científicos. En vez de eso, el sistema los recluta como fuerza de choque de una economía paralela que en realidad no es tan paralela.

Porque el narcotráfico no es una anomalía externa al capitalismo. Es una de sus expresiones más crudas. Opera como cualquier corporación capitalista: adquisición de insumos, producción, logística, apertura de mercados, competencia violenta, absorción de rivales, mecanismos de represión interna.

En Estados Unidos se estima que el mercado ilegal de drogas mueve entre 200 y 750 mil millones de dólares anuales. A esa cifra se suman costos sociales de más de 180 mil millones al año en salud, sistema penal y pérdida de productividad. No hablamos de un fenómeno marginal. Hablamos de una masa gigantesca de capital que luego se recicla a través del mismo sistema financiero que sostiene a las empresas “legales”.

Ese dinero no flota en el vacío. Se integra a bancos, bienes raíces, inversiones, consumo. El capital no pregunta de dónde viene la ganancia; pregunta cuánto rinde.

La llamada “guerra contra las drogas” del imperialismo no ha eliminado el problema. Lo ha expandido. Militariza territorios, encarcela pobres y fortalece estructuras clandestinas más violentas. Aunque las estadísticas no siempre clasifican de forma directa “muertes de menores por narcotráfico”, múltiples informes coinciden en que una porción significativa de los homicidios juveniles ocurre en territorios donde el mercado de drogas y las pandillas dominan la economía local, especialmente en comunidades pobres y racializadas.

El ciclo es perverso. Primero se les integra como mano de obra barata del mercado ilegal. Luego se les integra como materia prima del complejo carcelario.

No encuentran ni encontrarán cómo meterle mano dentro de estas mismas relaciones de producción. Sus límites ideológicos los mantienen estancados. Los liberales administran el problema como crisis sanitaria; los conservadores lo administran como crisis de orden público. Ambos dejan intacta la estructura que lo produce.

Es irreal pretender erradicar el narcotráfico dejando intacta la lógica de acumulación que lo alimenta.

Ni los países capitalistas más avanzados pueden eliminarlo. Golpean organizaciones, pero el capital ilícito siempre encuentra cómo reintegrarse al circuito formal.

Ya que la propia naturaleza del capital permite esta destrucción humana por la lógica misma de su existencia —una lógica basada en la acumulación privada, la competencia feroz y el fetiche de convertir todas las esferas de la vida en mercancías—, ¿qué nos queda a la clase obrera para impedir que nuestros hijos e hijas sean primero secuestrados por los narcos y luego secuestrados por el Estado en cárceles inhumanas, cuando es el propio Estado capitalista el que ha creado las condiciones materiales de este problema?

La expansión del narcotráfico se alimenta de la desigualdad social, del desempleo estructural, de la precarización laboral y del abandono sistemático de comunidades obreras, mientras el sistema carcelario se convierte en maquinaria de castigo que no resuelve las causas de fondo.

De primera instancia podemos hablar de la organización de comités de trabajadores y de barrios. La educación es una herramienta, sí, pero sin organización política de nuestra clase para transformar el modo de producción capitalista, se convierte en un simple paliativo.

Las escuelas pueden convertirse en centros de organización política de la clase trabajadora y de sus capas más pobres.

Desde ahí, maestros, maestras, padres y madres pueden articular propuestas como:

  • Administrar directamente los centros escolares mediante comités de trabajadores y de barrios, integrando a la comunidad en la toma de decisiones sobre recursos, programas y prevención.

  • Impulsar investigaciones a empresas capitalistas que se alimentan de la circulación del dinero del narcotráfico y derogar leyes que impiden el acceso a información, para que el pueblo conozca hacia dónde va el dinero que produce con su trabajo.

  • Convertir la educación pública en eje de una economía planificada según los intereses de las comunidades trabajadoras, vinculando formación educativa, empleo digno y desarrollo sociocultural.

  • Fomentar la participación directa de estos comités en legislaturas municipales y estatales, presentando propuestas públicas que respondan a la realidad económica de desigualdad social que viven las comunidades obreras.

  • Comenzar diálogos para la creación de un partido revolucionario de la clase trabajadora que exprese políticamente estos intereses y les dé continuidad estratégica.

Estos métodos no son solo resistencia. Son ofensiva política desde la clase trabajadora organizada para enfrentar el narcotráfico no desde la lógica punitiva del capital, sino desde la transformación de las condiciones materiales que lo producen.

Al final, la cultura popular lo resumió con claridad en The Wire. Omar Little enfrenta al abogado Levy y le dice:

“I got the shotgun, you got the briefcase — it’s all in the game, though, right?”

La escopeta en la esquina y el maletín en el tribunal. Dos uniformes distintos. El mismo juego. Mientras ese juego no cambie, nuestros jóvenes seguirán atrapados entre ambos.

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